El valor del recuerdo

Imanol Villa
IMANOL VILLA

No es solo el recuerdo del crimen lo importante, sino también su capacidad evocadora para comunicar una idea a las generaciones futuras. A saber, que la violencia, sea del tipo que sea, debe ser desterrada por completo de nuestras vidas. Por eso sorprenden los matices, las aclaraciones, las negaciones, los reparos y las querencias hacia la globalización del victimario terrorista que se han producido en las últimas horas. Podría pensarse que todo ello quizá sea el producto de un exceso de intelectualización del hecho en sí o, quizá más bien, de una voluntad por ser justos con todos los caídos con independencia del día, la hora, el modo y el lado que ocupaban en la diabólica dinámica terrorista. Pero no, no es producto del pensamiento, sino más bien de un extraño concepto de la realidad que, sin mala intención, aspira a globalizar y uniformizar a víctimas y a verdugos. Y no debería de ser así porque, bien mirado, todo es mucho más fácil si nos limitamos a la condena absoluta de la violencia.

El recuerdo, por todo ello también, se fortalece en función de momentos concretos que hacen que determinado hecho se eleve a la categoría de símbolo. Un estadio que, lejos de ser exclusivista, aúna todo lo execrable para empujar a la reacción definitiva ante un hecho, la violencia, condenable en todos los sentidos. Eso es, en cierta manera, lo que supone el recuerdo del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un crimen acompañado de una liturgia de maldad tan elevada que disparó el hartazgo social hasta el extremo de provocar, por primera vez, una expresión social sin precedentes. Eso fue así. No hay sitio para relativismos. Y de ahí que no se deba instrumentalizar ni al asesinado en Ermua, ni a los cientos que cayeron víctimas de un proceso de exterminio sobre el que todavía no se han dado los pasos suficientes para que sus instigadores, actores y silenciosos cómplices pidan perdón de una manera rotunda, sin exigir compensaciones poniendo sobre la mesa a otras víctimas de otros verdugos sobre las cuales, ¡Vive Dios! que también habrá que reclamar justicia.

No debería el recuerdo alimentarse de debates y discrepancias que no hacen más que retrotraernos a aquellos malditos años. Lo sucedido en Ermua, su recuerdo, habría de celebrarse como un símbolo, como un momento de inflexión en el que buena parte de la sociedad vasca purgó su doloroso pecado del silencio ante aquellos que no buscaban otra cosa que la eliminación de todos los que no compartían su malvada visión del mundo. Así era y no merece la pena darle más vueltas. Y si hemos de buscar una razón, una sola, para cerrar filas sin expresar opinión alguna sobre la procedencia de esto o de aquello, esa es la de la necesidad imperiosa de mantener el recuerdo del pasado, el recuerdo de Ermua, para poder transmitir a nuestros hijos que todo aquello no debe ocurrir nunca más. Ese es el valor del recuerdo.

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