El valor de la palabra

Necesitamos un lenguaje verdadero, sin dobles ni triples interpretaciones, porque el lenguaje es capital para compartir, para cooperar, para convivir

El valor de la palabra
JOSE IBARROLA
José Luis Larrea
JOSÉ LUIS LARREA

En cualquier sociedad la función del lenguaje está fuera de toda duda. Es el vehículo a través del cual nos comunicamos y establecemos relaciones. Puede haber diferentes tipos de lenguajes, pero me referiré a los que tienen que ver con las palabras.

Las palabras tienen una importancia capital. Se dice, a veces, que las palabras tienen «magia», porque movilizan o desmovilizan a las personas, emocionan, estimulan… Y, a veces, pierden la ‘magia’, por lo que debemos cuidarlas. Las palabras se cuidan, se preservan, se llenan de contenido, en función del nivel de coherencia entre lo que enuncian, prometen o evocan y lo que se hace en la realidad en su nombre, en un contexto determinado. Por eso son importantes los hechos y los contextos. En definitiva, el verdadero valor de la palabra está en lo que dice y en lo que se hace.

Nunca ha sido fácil llenar de verdadero contenido y valor a las palabras, porque lo que estas prometen, las expectativas que sugieren, demandan de hechos que las avalen y soporten. El desafío del contraste entre lo que enuncian y lo que se plasma en la realidad es un desafío a la coherencia de las personas, que son las que dicen y las que hacen.

Parece que en los últimos tiempos es más difícil que nunca, porque la falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace es considerable. Hasta el punto de que se habla de ‘posverdad’ para referirnos a «la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales» (RAE). La posverdad nos habla de manipulación, de verdades paralelas, de hechos alternativos, … Decía Rabindranath Tagore que «el vestido de los hechos aprieta demasiado a la verdad. ¡Cuánto más holgada está vestida de ficciones!». Y esto es grave, porque si las palabras pierden valor y pueden significar cualquier cosa, o una cosa y su contraria, y no pasa nada… tenemos un serio problema.

Este problema, grave problema, se ve alimentado por tres fuerzas que están condicionando la sociedad actual y constituyen amenazas a las que deberíamos estar especialmente atentos. Son tres fuerzas con un efecto devastador, tanto por separado como, especialmente, al actuar de forma conjunta. Se trata del ‘imperio de la superficialidad’, el ‘encanto embriagador de las burbujas’ y la ‘exaltación de la estupidez’. Estas tres fuerzas se proyectan en el lenguaje, que pierde profundidad -por la superficialidad-, pierde sentido, consistencia -por la influencia de la estupidez y la ignorancia- y pierde solidez y coherencia -por la influencia de las burbujas-. Así, se prostituye el significado profundo de las palabras, el valor de las palabras, que pasan a significar cosas distintas en función de los intereses y las circunstancias.

El ‘imperio de la superficialidad’, de la mano de la globalización, el desarrollo tecnológico y la velocidad en los intercambios de información, consagra una cultura del tuit en la que se impone la búsqueda de lo inmediato -rápido-, lo concreto -simple- y lo fácil -gratis-. El ‘encanto embriagador de las burbujas’, que proyecta la ambición desmedida y la falta de sentido común, propicia una cultura en la que se impone la especulación sobre la sostenibilidad, y en donde el juego de las palabras y los conceptos llevan a crear realidades y a proyectar escenarios carentes de coherencia.

La utilización del lenguaje, de las palabras, para generar expectativas sin sentido, alejadas de la realidad, al servicio de la ambición de unos y de otros, resulta una constante. Por último, la ‘exaltación de la estupidez’ resulta especialmente intensa en estos momentos. Las dudas, las preguntas, parecen demonizadas en un mundo complejo e incierto, que busca respuestas rápidas, fáciles y simples. En un mundo que se enfrenta a preguntas profundas, que demandan reflexión, coherencia y seriedad, la voz de la inteligencia no encuentra un espacio con oxígeno suficiente para abrirse camino. Sin embargo, la ignorancia, que es atrevida, campa a sus anchas. Como diría Claude Chabrol, «la tontería es infinitamente más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene sus límites, la tontería no». Como no tiene límites, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace no es relevante. Parafraseando a Groucho Marx, al hablar de principios, podríamos decir que «estos son los hechos, si no les gustan tengo otros».

En este contexto, el valor de la palabra queda en entredicho y proyecta un mundo de ‘universos paralelos’ en donde las palabras, que expresan conceptos, pueden referirse a una cosa o a su contraria, a un hecho real o a su alternativo… según nos convenga. La percepción del mundo se acomoda a lo que interesa en cada momento, con lo que uno tiene la sensación de vivir simultáneamente en universos paralelos. Y esto es un grave problema para la sociedad, porque la sociedad son personas que construyen su vida en relación con otras, comunicándose a través del lenguaje, de las palabras en un contexto, en un mundo determinado. Si las palabras pierden su valor, su significado, surge la falta de coherencia que implica falta de credibilidad y pérdida de confianza.

Necesitamos un lenguaje ‘verdadero’, basado en palabras con contenido cierto, sin dobles o triples interpretaciones, que generen confianza y credibilidad, porque el lenguaje es capital para compartir, para cooperar, para convivir.

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