¿Es valiosa la diversidad?

Nadie es mejor que nadie por ser más diferente. Lo será, eso sí, por respetar esa diferencia cuando merece ser respetada

José María Ruiz Soroa
JOSÉ MARÍA RUIZ SOROA

La diversidad cotiza al alza en la opinión de nuestro tiempo. Sea la diversidad cultural, la lingüística, o ahora la sexual, en todo caso la opinión pública parece considerar que la diversidad es en sí misma un hecho positivo. En definitiva, que es un valor a exhibir con orgullo, como recientemente se hacía en las calles. Y, sin embargo, sucede que en esta tan generalizada como superficial creencia late una profunda equivocación, porque la diversidad es un puro hecho, no un valor, y por tanto es como tal moralmente irrelevante. No es fruto de una elección o decisión humanas, sino una pura contingencia. Haber nacido blanco o amarillo, homosexual o heterosexual, danés o magrebí, no puede ser un mérito de nadie porque a todos nos han nacido, ninguno nos hemos ganado a pulso esa condición. Y por eso carece en principio de cualquier valor. Nadie es mejor que nadie por ser más diferente, ni una sociedad es más valiosa que otra por contener mayor grado de diferencia. Lo será, eso sí, por respetar esa diferencia cuando merece ser respetada. Pero a ese respeto se le llama libertad y autonomía individuales, no diversidad. Por eso, lo valioso es el respeto a la libertad y la autonomía del ser humano para elegir su vida («para buscar la felicidad»), no la diferencia que esa vida entrañe.

Cierto que la Unesco declaró hace ya años que la diversidad cultural era un «patrimonio común de la humanidad» que se impone «como un imperativo ético», porque en definitiva «la diversidad cultural es para el género humano tan necesaria como la diversidad biológica para los organismos vivos». Pero en esta justificación del supuesto valor de la diversidad se descubre fácilmente un profundo error de partida. Pues no cabe la analogía entre el valor de la biodiversidad ecológica para el mundo vegetal o animal y el de la diversidad cultural o sexual para la sociedad humana, por la sencilla razón de que la sociedad no es un organismo. En la naturaleza existen especies depredadoras, rapaces, destructivas o intolerantes de otras, y ello es positivo para ese mundo orgánico (equilibrio, desarrollo, conservación). Malamente podría admitirse, en cambio, que pudiera considerarse como un valor la existencia de culturas o variedades de conducta humana que fueran destructivas o agresivas para con los demás seres humanos o algunos de ellos. Y es que el mundo humano, a diferencia del mundo orgánico, es un universo habitado por unidades morales dotadas de una dignidad individual, que enjuician y rechazan como inadmisibles ciertas prácticas culturales o sexuales. De lo cual se sigue, si no me equivoco, que en el mundo humano la diversidad no puede considerarse como un bien en sí misma (una riqueza, como diría la Unesco), sino sólo en tanto en cuanto resulte acorde con criterios evaluativos distintos del mero dato en bruto de su existencia. Criterios como el respeto a la libertad y la dignidad humanas que conlleva su esencial igualdad, que pueden hacer directamente rechazables muchas formas de diversidad.

La diversidad sexual, por referirnos al caso de moda, incluye comportamientos como los homosexuales, heterosexuales o transexuales, hoy por fin admitidos en cualquier sociedad que respete la libertad y dignidad humanas, pero también incluye los comportamientos o tendencias pedófilos, que nadie parece dispuesto a admitir en su desarrollo. Aquel ser humano que descubre que su particular diversidad radica en su pedofilia se ve obligado a reprimir su manifestación por razones éticas, so pena de verse perseguido por la sociedad si la lleva a la práctica. Y, sin embargo, es un caso de diversidad tan natural o tan contingente como el de otras variedades de comportamiento sexual.

Y probablemente se podría seguir en este camino de análisis de la tan cacareada diversidad: ¿Es de verdad positivo y valioso que en una sociedad existan seres muy ricos, muy guapos, muy felices y muy listos junto a otros que sean muy pobres, insanos e ignorantes? Si de diversidad se trata, la respuesta es que sí. Si de derechos humanos hablamos, la respuesta es que no. En muchos campos de la vida humana es la uniformidad y no la diversidad la campeona ética.

Incluso en aquellos campos en que la diversidad es moralmente neutra, como el lingüístico o el económico, la historia del ser humano nos enseña que la creación de las sociedades modernas funcionalmente complejas y diversificadas ha exigido la reducción de la diversidad natural anterior. Europa es la zona del mundo donde se produjo una mayor y más temprana reducción de la diversidad lingüística, a diferencia de Asia o África, cuyo elevado número de lenguas diminutas retrasa el desarrollo humano. La economía moderna está fundada sobre una previa uniformización de los sistemas de medida y de comercio muy diversos que antes existían en cada comarca. Hasta un símbolo de la diversidad como la lengua vasca decidió que para sobrevivir precisaba de acabar con su propia diversidad y uniformizarse. Y es que las sociedades humanas son cada vez más complejas, pero menos diversas. Y ello, aunque suene como terrible herejía para la vulgata políticamente correcta, es positivo para el ser humano individual.

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