lo que vale un peine

Más que las finanzas, ha sido la firmeza con que la UE ha defendido el Estado de Derecho en España lo que ha sembrado la duda entre los secesionistas

José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Lo más seguro que puede decirse hoy sobre el inevitable asunto catalán es que nada es seguro. Nada, por cierto, en lo que toca al Gobierno, que nunca da a conocer sus propósitos hasta que los hechos se han consumado. Y nada, sobre todo, en lo que atañe al Govern, que, de la total determinación en dar cumplimiento a lo prescrito en las leyes que por su iniciativa se habían aprobado, ha pasado a dejar entrever dudas y contradicciones. Quizá, por tanto, lo que corresponda en este momento sea, más que esforzarse vanamente en adivinar el futuro, centrarse en señalar y analizar las causas de este tránsito de la seguridad a la incertidumbre.

Parece ser que la más inmediata se encuentra, por primera vez en este asunto, en el área de la economía y las finanzas. Hasta este decisivo momento, se contaban con los dedos de la mano los representantes del sector que habían dejado oír su voz sobre esta cuestión, contribuyendo este silencio sepulcral a que la autosuficiencia con que alzaban la suya los secesionistas no pudiera ser neutralizada por opiniones en contrario, inmediatamente tachadas de agoreras. Pero, en estas últimas horas, los hechos han comenzado a llenar el vacío que dejaron las palabras. La decisión que están tomando emblemáticas entidades financieras y empresariales de trasladar sus sedes fuera del alcance de la Generalitat ha sembrado la duda entre las filas de los secesionistas. Se ha hecho por fin visible lo que sus líderes se empeñaban en ocultar, a saber, que los procesos de secesión no salen gratis, y menos si se producen por la brava y afectan a un miembro de una comunidad como la Unión Europea.

Mentira parece que haya hecho falta esperar a estas tardías decisiones de las finanzas para que algunos vieran lo que era evidente desde el principio. Hasta este momento, muchos eran los ciudadanos biempensantes, aparte de los que promovían la secesión, que parecían creer que el ‘procés’ era un juego que se dirimiría a favor de quienes, en lugar de reglas, emplearan una mezcla de astucia, seducción y bonhomía. «Qué hay de malo en ello», «cuál es el problema· o «qué más democrático que votar», eran las simplezas retóricas con que pretendían abordar una cuestión tan compleja como la que se ha planteado. Se olvidaban del básico principio de realidad y pasaban por alto el hecho de que los Estados, como las especies vivas, persiguen, antes que nada, su propia supervivencia y de que, para alcanzarla, además de con su propia fuerza, suelen contar con la ayuda solidaria de sus iguales. Y es que, así como no se formaron por la voluntad de quienes acabarían, en el mejor de los casos, siendo sus ciudadanos libres, sino por una sucesión bastante aleatoria de accidentes y caprichos históricos, los Estados, una vez formados, tampoco se disuelven por el voluntarismo de los más aguerridos, sino, en este caso, en vez de por esas vicisitudes de la historia, por la estricta aplicación de normas que ‘el establishment’ o ‘el sistema’, por la cuenta que le tiene, se encarga de mantener en vigor.

En este sentido, antes que con las finanzas, los secesionistas se habían topado con la resistencia de, entre otros, una Unión Europea en la que habían creído poder encontrar mayor solidaridad. Quizá porque pensaban que su incontaminado «pedigrí democrático» iba a prevalecer, a los ojos de la Unión, sobre el «autoritarismo» de un Estado «heredero del franquismo» y aún no depurado de sus «vicios antidemocráticos». Se han encontrado, a cambio, por citar un solo ejemplo, con un Guy Verhoofstadt, líder del grupo europarlamentario liberal y exprimer ministro belga, que ha resumido la postura europea en un rotundo «nadie puede dar lecciones a España de democracia», al margen de los errores que en el asunto haya cometido. Por lo visto, la idea que se ha hecho Europa sobre la calidad democrática de este país es mucho más firme que la que titubea entre los propios nacionales, acomplejados por un largo y nefasto pasado del que aún no parece que sus mentes se hayan liberado del todo.

Esta realidad de los hechos políticos, más que las últimas decisiones de la economía y las finanzas, es la que ha hecho zozobrar a los secesionistas catalanes en su determinación. El problema es ahora cómo devolver al cauce de la racionalidad las aguas desbordadas de las emociones, de modo que pueda abordarse un proceso imprescindible de diálogo, negociación y acuerdo que, sin asomo de revanchismo, garantice a los perdedores de hoy ganancias de futuro. Y ésta es tarea de todos.

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