'Txominismo'

Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

La primera vez que escuché la palabra chovinismo entendí ‘chominismo’ y hasta pensé que venía de Txomin... ¿De Txomin de El Regato?, llegué a preguntarme en mi ingenuidad infantil. El recuerdo de aquello todavía me hace sonreír, pero empiezo a sospechar que la niña con entendederas de corcho que fui quizá no andaba tan desencaminada... Porque hoy el chovinismo (entendido como exacerbada exaltación de lo propio en contraste con lo ajeno) es una plaga que abarca a todo el planeta, incluida mi tierra, donde adopta la forma de ‘txominismo’ (con te equis, por supuesto). El chovinismo tiene poco de inocente. Detrás de la elección de Trump, del triunfo del ‘Brexit’ y del independentismo catalán se esconde en gran medida ese ejercicio diario (y, a mi juicio, agotador) de autoafirmación, autorreivindicación y autobombo permanentes. Ese sacar pecho de la mañana a la noche, esa militancia en ‘lo nuestro’, que son las peculiaridades, los usos y costumbres del propio terruño potenciándolos, propagándolos y publicitándolos como si no pudiera haber nada mejor en el resto del planeta.

A ver, que soy de Bilbao, y crecí canturreando temas como ‘Bilbao es tan pequeño que no se ve en el mapa, pero bebiendo vino nos conoce hasta el Papa...’ o ‘Puente de Portugalete, tú eres el más elegante’, que he asimilado conceptos como el de llamar agua de Bilbao al champán o al plano de la ciudad, mapamundi. No es eso. La fanfarronada puede resultar divertida mientras nos sirva para reírnos de nosotros mismos. Lo peligroso aparece cuando los amantes de lo suyo propio (hasta ahí, normal) pasan a convertirse en hinchas, en ‘tifosi’, incluso en ‘hooligans’ dispuestos a defenderlo con la ciega visceralidad con que defienden los más fanáticos a su equipo de fútbol.

Y lo malo es que está de moda, que el mundo se encuentra plagado de ‘kingkongs’ aporreándose el pecho con orgullo. El orgullo de pertenecer a un determinado territorio y no a otro. Como si uno pudiera elegir el lugar de nacimiento... Ante semejante rebrote tribal convendría ‘bajarle al estéreo’ (como dirían en México), amortiguar esos henchidos efluvios y distinguir entre el concepto de amar la propia tierra y la necesidad de metérsela a los demás en el ojo.

Fotos

Vídeos