'Trumpolines' varios

Aitor Ibarrola-Armendáriz
AITOR IBARROLA-ARMENDÁRIZ

Para los que temíamos que la llegada de Trump a la Casa Blanca iba a suponer un recorte en las libertades, los derechos civiles y una amenaza para las relaciones internacionales, sus seis primeros meses de mandato han venido a corroborar algunos de nuestros peores augurios. Si bien es cierto que varias de sus iniciativas más descabelladas se han visto frenadas por el Congreso, instancias judiciales e incluso por las imprevistas críticas de miembros de su partido, otras órdenes ejecutivas y tuits informales han conseguido mantener en vilo tanto a sus conciudadanos como a los habitantes de otras regiones del planeta. Por citar únicamente algunos de los problemas que ha generado en este corto espacio de tiempo, recordemos la orden -claramente discriminatoria- de prohibir la entrada a viajeros de países musulmanes, sus mentiras -o, al menos, medias verdades- sobre los contactos con Rusia en campaña presidencial, los nombramientos de profesionales de dudosa competencia para puestos claves de su gabinete o su posicionamiento en contra de medidas para atajar el cambio climático en la cumbre de París. Pero, por otro lado, ante la indudable gravedad de todas estas decisiones, se han observado también reacciones en su contra que dan lugar a la esperanza. En especial habría que referirse a todas esas movilizaciones de sectores sociales y profesionales que han hecho evidente que la resistencia civil y la resiliencia política aún pueden jugar un papel decisivo en el devenir de uno de los países más poderosos de la tierra.

Al hablar de 'trampolines varios' nos referimos a una larga lista de plataformas cívicas y asociaciones profesionales que no han dudado en verter duras críticas y emprender acciones legales contra algunas de las injustas medidas propuestas por Trump. Por un lado, están todas esas organizaciones y movimientos de base que han llenado las salas de muchos ayuntamientos en defensa de los derechos de inmigrantes, desahuciados o de las mujeres (recuérdese la marcha sobre Washington DC nada más inaugurarse su mandato). En varios casos, estos activistas han logrado establecer ciudades o estados 'santuario' donde los derechos de distintos grupos vulnerables son respetados -desoyendo incluso los preceptos que llegan del Capitolio-. Por otra parte, grupos profesionales (de fiscales, periodistas, médicos, etc.) han salido en defensa de valores que consideran fundamentales en cualquier democracia y Estado de Derecho que se precie. Así, habría que destacar algunas victorias tanto en los tribunales como en el ámbito político local en temas como el trato dispensado a inmigrantes y refugiados o en el de plantear serias dudas sobre la sensatez de implantar un sistema de seguros médicos distinto al Obamacare. Lo que parece indudable a la vista de estos ejemplos es que el nuevo presidente no va a poder campar a sus anchas y está encontrando una fuerte resistencia para llevar a cabo sus proyectos más lesivos para el bienestar general de la ciudadanía.

Pero, ¿dónde han encontrado estos grupos y organizaciones de base los resortes para enfrentarse a un poder ejecutivo que desde el primer momento ha intentado aplicar la ley del rodillo? Parece evidente que una primera razón que ha movilizado toda esta resistencia y nuevo activismo social podría encontrarse en la paupérrima gestión de la comunicación del presidente y sus acólitos. Tras las deposiciones de James Comey (director del FBI) y Michael Rogers (jefe de la Agencia de Seguridad Nacional) ante la Comisión de Inteligencia del Congreso en marzo pasado, la revista 'Time' titulaba en portada «Is Truth Death?» («¿Ha muerto la verdad?»), en referencia a las infundadas acusaciones del presidente contra su predecesor de pinchar sus teléfonos en la campaña y a los cada vez más oscuros nubarrones que se ceñían sobre las posibles conexiones rusas. Si a esas flagrantes distorsiones de la verdad unimos la incesante sucesión de nombramientos y destituciones en su gabinete -casi siempre con el único objetivo de buscar personas que se plieguen a los designios de su líder (véase el último caso de Anthony Scaramucci, que ha durado poco más de una semana en su cargo)- no es de extrañar que Trump esté siendo uno de los presidentes que, según las encuestas, con mayor rapidez ha perdido el respaldo popular -en pocos meses ha bajado más de diez puntos-. De hecho, para muchos miembros de la resistencia social y política el capital más potente con el que cuentan es su convencimiento de que el presidente va a continuar 'overreaching' (extralimitándose) en sus propuestas y perdiendo seguidores a medida que estas llegan a distintos callejones sin salida -ya sean jurídicos, políticos o mediáticos-. Aunque el sistema de controles y equilibrios entre las diferentes instancias del poder parece haber garantizado hasta el momento el que el presidente Trump no haya podido llevar a cabo algunas de sus medidas más irracionales, conviene no perder el impulso que estos trampolines de resistencia han ganado estos últimos meses. Después de todo, vivimos en un mundo extremadamente inestable en el que los líderes populistas pueden ganar adeptos con la misma rapidez con la que los pierden si se encuentran con coyunturas que les resultan favorables. Trump solo necesitaría una excusa propicia para desatar todo el racismo, clasismo, misoginia, etc. que le son connaturales. Por otro lado, si bien los movimientos de resistencia antes mencionados tienen portavoces muy bien preparados para exponer los posibles despropósitos del principal mandatario, lo cierto es que no estaría de más contar con un líder en la oposición política que asumiese parte de esa responsabilidad. Siempre queda el recurso de acudir a figuras históricas como Henry D. Thoreau, Frederick Douglass o John F. Kennedy; pero lo ideal sería encontrar un visionario de ese tipo en nuestros días.

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