Trump contra Europa

Ninguno de los presidentes más nacionalistas de los Estados Unidos habían demostrado tanta animadversión a la UE como el magnate

DIEGO CARCEDO

Ala ultraderecha norteamericana nunca le cayó bien el proceso de integración europea. Siempre lo vio como un intento de plagiar su sistema y como un obstáculo para seguirse entendiendo de tú a tú con cada uno de los países que se fueron sumando. Pero hasta ahora ninguna Administración ni ninguno de los presidentes más nacionalistas, como Nixon o Reagan, habían demostrado tanta animadversión a la débil realidad que es la UE como Donald Trump. La criticó durante la campaña electoral, la trató como el enemigo de su política proteccionista y, en cuanto llegó a la Casa Blanca, no desperdició oportunidad alguna de marcar distancias, frenar el acercamiento en las relaciones impulsado por su antecesor, ni de malmeter a sus miembros, ni siquiera de forma discreta, contra la unidad continental que con tanto esfuerzo y tolerancia se va logrando.

Su apoyo decidido y su alegría por el éxito del ‘Brexit’ ha sido deplorable y ahora se ha cebado mostrando su predisposición a interferir con su respaldo a Reino Unido en las negociaciones con el resto de los Veintisiete para materializar su abandono. No otra cosa ha sido el pomposo anuncio hecho desde la propia Europa, en plena cumbre del G-20 y en medio de las negociaciones, de que pronto establecerá un acuerdo comercial «potente» con Londres. Una de las escasas cualidades que cabe extraer de la imprevisibilidad de Trump es que no sabe callarse a tiempo ni guardar las formas diplomáticas más elementales, lo cual delata sus intenciones. En su reciente y lamentable paseo por Europa remarcó el aislamiento de Estados Unidos y paradójicamente el acercamiento a la Rusia de Putin que después de la absorción de Crimea es vista como un enemigo potencial en muchos aspectos.

Que haya empezado el viaje por Polonia, con uno de los gobiernos más retrógrados y atrabiliarios en el empeño de frenar los avances hacia la integración y de respetar las normas comunitarias, es una prueba de que más que estrechar lazos con la entidad supranacional de los Veintisiete quiere dividirla y fragmentarlo. No otro objetivo se trasluce de la reunión que mantuvo luego con los presidentes de los países que se hallaban bajo la órbita soviética. Son Estados -Hungría, Eslovaquia, República Checa… etcétera- que se incorporaron a la UE precipitadamente, sin estar adecuadamente preparados, sin clara conciencia europeísta, gracias al empuje justamente norteamericano, que es con quien se sienten más identificados empezando porque estiman que Estados Unidos fue la potencia que les sacó de la opresión de Moscú. Trump aprovechó para, de manera unilateral, y en contraste con su fervor ‘putinista’, prometerles lo que no está escrito para ayudarles en sus necesidades económicas o energéticas y defenderles en el caso de que Rusia les ataque como está haciendo en Ucrania. Estos países, que son los que más deben a Bruselas pero menos lealtad demuestran, deben de estar encantados de su errática estrella protectora.

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