Trump no se atrevió: la Embajada sigue en Tel Aviv

El historiador y especialista en el Mundo Árabe considera que esta provocación podría haber generado una oleada de revoluciones que dejaría en mantillas a la de 2011

JUANJO SÁNCHEZ ARRESEIGOR

Cierto tipo de bravucones y charlatanes impresionan debido a su aplomo y su descaro. Por eso tendemos a creerles aunque nuestra parte racional insiste en recordarnos que no son más que vulgares farsantes. Después, la parte emocional de nuestra mente no puede evitar sentirse sorprendida cuando comprobamos que nos han mentido descaradamente.

Donald Trump basó toda su campaña en un cúmulo de mentiras descaradas. Millones de norteamericanos le creyeron porque deseaban creerle. Millones de norteamericanos se negaron a votarle porque creyeron que de verdad era lo bastante bruto como para cumplir lo que prometía. Ingenuos fueron todos ellos, como ya se va viendo.

Una de las promesas más terroríficas de Trump fue la de trasladar la Embajada norteamericana desde Tel Aviv a Jerusalén. Era creíble porque parecía un tema sencillo. Bastaba con que el presidente diera la orden de mudanza, o incluso más sencillo todavía: elevar el consulado norteamericano de Jerusalén a rango de Embajada.

En teoría, el traslado debería haberse efectuado hace años, pues en 1995 el Congreso, controlado en aquel momento por los republicanos, votó una ley en este sentido pero el presidente Clinton firmó un decreto aplazando seis meses el cumplimiento de la ley. Durante veintidós años, Clinton, Bush y Obama han ido renovando la postergación cada seis meses. Obama lo hizo en diciembre de 2016, cuando Trump ya había ganado las elecciones, pero todavía no había tomado posesión.

Tecla fatídica

Era un poco como esa serie de televisión: ‘Perdidos’ donde los protagonistas tenían que apretar un botón cada cierto tiempo por miedo a que sucediese algo espantoso. De vez en cuando alguno de los protagonistas proponía dejar la tecla fatídica sin apretar para ver qué pasaba. Ciertamente Trump parecía la persona indicada para atreverse, ¡Y al diablo con lo que sucediese! Pero a la hora de la verdad, tras un año entero alardeando, el pasado 1 de junio volvió a firmar postergar el asunto por otros seis meses.

Tras ‘arrugarse’, Trump no ha escatimado las excusas: el compromiso de trasladar la Embajada, se nos dice, es tan firme como siempre, pero postergado para ocasión más oportuna a fin de no estorbar unas supuestas negociaciones de paz que ni han comenzado ni se espera que comiencen. Los israelíes, lógicamente, no han ocultado su decepción y su irritación, pero sin alborotar demasiado porque no es la primera vez que sucede esto. Tanto Clinton como Bush hijo intentaron atraerse el voto judío prometiendo que moverían la legación, pero se desdijeron nada más ser elegidos.

Ahora bien, ¿Por qué prometerlo tantas veces y jamás cumplirlo? Los náufragos de ‘Perdidos’ no sabían realmente que iba a suceder si dejaban de apretar la tecla fatídica en el plazo señalado, pero los presidentes norteamericanos saben muy bien lo que podría suceder si trasladasen su Embajada en Israel.

Estados Unidos siempre ha sido descaradamente parcial a favor de Israel, pero las necesidades imperiosas de la ‘realpolitik’ le obliga a mantener buenas relaciones con múltiples países islámicos. Eso ha obligado a los sucesivos gobiernos de Washington a buscar una imposible cuadratura del círculo entre opuestos irreconciliables, hablando siempre de negociaciones, de admitir un Estado palestino, de compromisos territoriales… Todo ello necesario por razones políticas pero perfectamente insincero. Instalar su Embajada en Jerusalén implica volar por los aires toda esa diplomacia de aparente neutralidad para adoptar una postura de beligerancia plena a favor del bando israelí.

Por mucha influencia que tenga Israel en EE UU a través de su lobbys mediante los votos de la comunidad judía norteamericana, Israel es un pigmeo que ocupa un pequeño rincón en un extremo del Mediterráneo que carece de importancia estratégica o geopolítica alguna, mientras que el mundo islámico es un conglomerado gigantesco que se extiende por varios continentes. Si algún día Washington se ve acorralado y tiene que sacrificar una de sus alianzas incompatibles, será Israel el que salga perdiendo. Por eso me imagino a Trump llamando a los diplomáticos para ofrecerles la Embajada en Jerusalén y todos ellos negándose en redondo o incluso amenazado con dimitir o tirarse al río Potomac si se perpetra semejante locura.

Intereses empresariales de Trump

Otro factor a considerar son los intereses empresariales de Trump, que podrían verse gravemente dañados por las previsibles represalias económicas de los países islámicos.

Al final, Trump ha resultado ser exactamente lo que parece: un valentón de taberna, cuyas bravuconadas no son más que palabras vacías. Sin embargo admito que casi desearía que se hubiera atrevido a mover su Embajada. Al fin y al cabo, los malabarismos diplomáticos de EE UU entre árabes e israelíes han sido factibles porque la postura propalestina de los gobiernos árabes y del resto del mundo islámico ha sido casi siempre una mera pose retórica. Se dice que instalar la Embajada norteamericana en Jerusalén estimularía el yihadismo pero lo cierto es que movimientos como Al-Qaida, los talibanes o el Estado Islámico han mostrado escaso o nulo interés por el tema palestino. La provocación final de mover la legación hubiera obligado a los gobiernos a reaccionar de alguna manera o quedar en evidencia ante sus pueblos, y entonces probablemente hubiéramos visto una oleada de revoluciones que dejaría en mantillas a la de 2011.

Mientras tanto Trump sigue fanfarroneando, pero únicamente faltan cinco meses para que firme de nuevo postergar el asunto de la mudanza seis meses más.

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