Tres en uno

Felipe González, Aznar y Zapatero se unen contra el disparate separatista, que aspira a una España más chica y menos libre

MANUEL ALCÁNTARA

La olimpiada de la bota y la alpargata, que tanto quería Hemingway, festeja sus sanfermines. Don Ernesto tenía una concepción heroica del mundo y amaba el riesgo y la violencia, no sólo cuando estaba borracho, que era casi siempre. El gran escritor murió muy joven, porque no tuvo paciencia para esperar la «vasta y vaga y necesaria muerte», que diría uno de los muchos que le sobrevivieron, el no menos grande Borges. Ahora está con un pañuelo rojo atado al cuello, mientras el tótem ibérico se dispone a recorrer la calle de la Estafeta, camino de la muerte redonda de la plaza, y España recuerda a Manolete, que era como un caballero del Greco al que hubieran obligado a cortar los cupones de la cartilla de racionamiento. Felipe González, Aznar y Zapatero se unen contra el disparate separatista, que aspira a una España más chica y menos libre. Eso de tender la mano a quien la esconde para que no se le note la piedra que lleva escondida puede que sea una estrategia, pero no es una solución. La respuesta más firme es la de Felipe González, que ha dicho que Cataluña no será independiente. Así de claro, pero habría que preguntarle, como en el Cancionero Anónimo, cómo la lenguas sin manos se atreven a hablar.

El presidente del Gobierno informó ayer al líder del PSOE sobre su táctica para frenar los movimientos de la Generalitat. Quiere dar la sensación de calma, control, serenidad y sosiego, pero omite de qué manera se hace eso. El desafío separatista de Puigdemont solo tiene en contra un arma: cerrar el grifo del dinero. El Tribunal Constitucional ha anulado las partidas del presupuesto catalán destinadas a ese referéndum de independencia. Algo es algo, porque el líder catalán tiene una sensibilidad exquisita para la pela, aunque visita al peluquero muy de tarde en tarde.

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