Torra, bajo control

Editorial

El nuevo presidente de la Generalitat se pliega a Puigdemont, quien desde el autoexilio ha elevado su influencia sobre el independentismo catalán

Mas felicita a Torra./EFE
Mas felicita a Torra. / EFE
EL CORREO

La investidura de Quim Torra ha centrado la atención en la personalidad del designado por Carles Puigdemont y en la relación jerárquica que, contra todo sentido institucional, el 131º presidente de la Generalitat sugiere respecto al autoexiliado. Frente a la trayectoria ágrafa que abunda entre los políticos, Torra ha publicado con profusión su manera de ver las cosas. En ella conjuga un chabacano supremacismo, a todas luces insultante e impropio de su cargo, con una visión según la cual los catalanes de raíz estarían destinados a ser independientes mediante una república propia. Sus exabruptos, propios del populismo más casposo, han generado casi tanta inquietud en los grupos de oposición como sus anuncios de un proceso constituyente. Esa preocupación se incrementa cuando Torra insinúa que su función última es lograr que Puigdemont regrese a la presidencia de la Generalitat o que en la «excepcionalidad» de su mandato pretende «hacer república». Nada de las competencias de la Generalitat –esas que fueron intervenidas en virtud del 155– parece importar en estos momentos. Ello cuando, en paralelo, Puigdemont ha anunciado la convoctoria de nuevas elecciones hacia octubre si las cosas continúan así. Como si tal potestad siguiera correspondiéndole a él. El hecho de que Torra haya decidido inaugurar su mandato con una visita a quien le ha designado desde Berlín realza el papel de Puigdemont no solo como supervisor último de la actuación de la Generalitat, sino como origen de los impulsos con que se mueva a partir de ahora el Gobierno autonómico. El nuevo presidente catalán empleó la primera persona del plural para aseverar: «No queremos una Cataluña uniforme, sino unida en la diversidad». Pero su discurso hace temer que Torra piense en la reducción de la diversidad a una unidad sin discrepancias y sin siquiera matices. La huida de Puigdemont le ha conferido un poder omnímodo, y hasta mítico en tanto que enigmático, a ojos de sus incondicionales; Quim Torra, entre ellos. Hasta el punto de que el resto del independentismo no ha tenido más remedio que rendirse al dictado del expresidente. La anomalía democrática no está en su peripecia judicial, sino en que desde el autoexilio haya llegado a incrementar su influencia inicial respecto a grupos parlamentarios que suponen menos de la mitad del voto directo de los catalanes.

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