La tormenta perfecta

Es imposible predecir cuáles serán los efectos de la doble borrasca catalana, y el independentismo está abocado a una temeridad creciente

Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

La diatriba suscitada en torno a la previsibilidad de los ataques de Barcelona y Cambrils es lo último que necesitaba el ‘procés’ independentista en Cataluña para acabar fuera de control, incluso para sus promotores. El tuit de la Asamblea Nacional Catalana, «yo estoy con Trapero (en referencia al mayor de los Mossos d’Esquadra), ¿y tú?» se eleva unos cuantos peldaños sobre el anteproyecto de ley de Transitoriedad. La conversión de una información periodística -cuya veracidad parece demostrada- en parte de una confabulación ‘unionista’, contraria al establecimiento de una república propia en Cataluña, revela su naturaleza. El ciclón es muy profundo e intenso, y parece coger a todo el mundo por sorpresa cuando en realidad estaba anunciado. Estaba anunciado que el más mínimo cambio atmosférico acabaría en desastre.

La advertencia de que las Ramblas podían ser escenario de un atentado yihadista no parece descabellada, visto lo ocurrido en Niza, en Berlín y en Londres. No era precisa la información transmitida por los servicios de inteligencia estadounidenses para fijar todas las medidas de seguridad sobre un paseo tan concurrido por gente de tantas partes. Del mismo modo que han aflorado reproches sobre la parsimoniosa actuación policial en la casa de Alcanar, en la que se descubrieron más de cien bombonas de butano. Pero el problema es que ninguna reflexión o posicionamiento sobre lo ocurrido resulta inocua políticamente en vísperas del 1 de octubre. Es imposible proceder a un juicio crítico sobre las fallas en la prevención de los ataques, y no porque la reacción posterior resultara expeditiva por parte del cuerpo policial autonómico. La diatriba reflejaría, de manera agravada, la creciente divergencia entre una corriente de opinión que se pretende mayoritaria en Cataluña y otra que se pretende mayoritaria en el resto de España. Aunque en el fondo confirmaría que el independentismo alberga un proyecto más autoritario que la poca calidad democrática que achaca al Estado constitucional.

Es más que probable que el gobierno de la Generalitat viera en los terribles acontecimientos del 17 de agosto una oportunidad para hacerse valer de la autonomía policial estatutaria hasta convertirla en demostración de una autoridad ya independiente. El reconocimiento público de la eficacia demostrada tras los ataques de Barcelona y Cambrils, al ‘abatir’ a todos los presuntos terroristas, consagraba la metáfora de una república naciente y decidida. Aunque el empeño se ha trastabillado con la sucesión de negaciones a admitir lo obvio y, a la vez, lo absurdo: que podían haberse evitado las dieciséis víctimas. El consejero de Interior y el mayor de los Mossos no supieron verse interpelados cuando el propio gobierno de la Generalitat lo está a cada instante.

Es muy difícil encontrar respuestas al desafío más dramático, a la ineludible cohabitación con personas dispuestas a lo peor en nombre de la inquina que albergan hacia una sociedad sobrada, cuando son partícipes de ella. El desconcierto se debe a la dificultad de idear una república propia en un país que ya en los últimos tiempos de Pujol pasó de seis millones de habitantes a más de siete; de idear una república independiente capaz de aceptar que algo falló en la evitación de los ataques de Barcelona y Cambrils. La jactancia resolutiva de los Mossos se vuelve en contra cuando se informa de que las Ramblas formaban parte del escenario previsto para posibles arremetidas yihadistas. Es el reverso de una moneda que los especuladores de un régimen plebiscitario se obstinan en lanzar al aire a diario, como si la fortuna fuera la última ratio para evaluar el curso de los acontecimientos.

La tormenta perfecta está desatada a un mes de la fecha clave para el independentismo catalán, el 1 de octubre. Parece imposible añadir más borrascas, aunque nunca se sabe. A la dialéctica entre la necesidad que el independentismo esgrime para desconectar Cataluña respecto a un Estado que hace bien poco presentaba como fallido se ha sumado la percepción de que el país de los catalanes es una realidad dependiente, excepto para quienes confían su futuro en Trapero y poco más. La tormenta perfecta tiene eso: nadie puede saber cuál será su desenlace.

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