Tomando el vermú

ÁNGEL RESA

Metieron la Plaza de Abastos en el quirófano y salió del área de rehabilitación que daba gusto verla. Maderas y ventanales donde antes reinaban en decadencia baldosas y luz eléctrica. Aquel mercado de minoristas de olores recios que vivía agarrado a tiempos previos de esplendor retuvo tras la cirugía integral a la clientela de siempre y sumó para su causa a compradores de nuevo cuño. Gente que ignoraba a conciencia ese céntrico enclave de la alimentación decidió, una vez concluidas con éxito las obras, que era el lugar idóneo donde aprovisionarse de cuanto han vendido las tiendas de toda la vida. Los puestos parecen ahora un tributo diario al color bueno de los productos naturales.

Y a los ideólogos de la reforma se les ocurrió importar iniciativas que habían convalidado su gancho en las plazas de otras ciudades. De ahí nacieron, por ejemplo, los gastrobares. Abastos alumbró ocho diferentes que compartían espacios comunes donde el personal podía comer, trasegar líquidos y practicar el arte de la socialización. Hasta el arisco clima otoño-invernal de Vitoria debería contribuir al negocio por la capacidad de tomar rondas y hasta espuelas sin abandonar el abrigo que proporcionan los lugares resguardados. Pero en apenas un año cayeron tres, el 37,5% nada menos, y quedó esa sensación fatalista que tantas veces acompaña a la capital alavesa.

Sé que suena a uno de esos chistes que muestran el señorío de algunas nacionalidades, el cartesianismo cuadriculado de otras y la picardía congénita de las de más allá. Cerraron un japonés, un italiano y un mexicano en una especie de dominó abatido por el que el desplome de una pieza derriba a la siguiente. Y casi desde entonces, hace seis meses en realidad, los promotores del asador que ha de tapar el volcán de las clausuras aguardan la licencia necesaria para empezar los trabajos. Digo yo que esperarán tomando un vermú porque también pretenden centrarse en ese aperitivo que precede a las comidas. Quizá continúen tomando sorbos mientras ven las obras de Santa Bárbara que atraerán a los jubilados ociosos.

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