Toma y daca en el falso oasis

¿Quién puede negar el acoso moral, escolar y laboral que se está destapando en Cataluña? El fondo de falsas sonrisas del 'procés' se agrieta. No da más de sí

Miguel Escudero
MIGUEL ESCUDERO

La intrahistoria catalana, diferenciada del ruido de la calle y de la comunicación, está hoy más efervescente que nunca. Se puede decir que la vida privada de los catalanes ha quedado rotundamente excitada. Si nos centramos en el ámbito cultural, parece que en estos últimos meses son notorios los descensos de espectadores en las salas de cine y de teatro, y también ha decrecido la ya muy menguada compra de libros. Hay una verdadera agitación social, pero también una evidente retracción social. Desde mi experiencia barcelonesa, veo que el transcurrir de numerosas vidas de conciudadanos oscila hoy entre el espasmo y el marasmo; entre unas sacudidas convulsas y una paralización moral y física. De este modo, innumerables mundos personales han quedado asediados y cercados con sus contradicciones, y requieren de catarsis; y la reclaman no solamente en privado.

Desde que los dos principales bancos domiciliados en Cataluña anunciaran el traslado de sus sedes sociales fuera del Principado, la gente corriente se ha volcado con angustia en las agencias bancarias para interesarse por sus ahorros; o bien para trasladarlos fuera o para ser tranquilizados por sus gestores. Hace unos días, cargos de las CUP celebraron sin rebozo la posibilidad de llegar a un 'corralito'; la lucha contra el capitalismo de quienes tienen a mano allegados con los bolsillos llenos. Esto no sólo es demencial y ofensivo, sino hipócrita. Incluso el director de un digital independentista subvencionado a espuertas por la Generalitat fue aplaudido hace poco por un auditorio de incondicionales cuando expresaba gran alegría por la fuga de empresas -«una señal magnífica», dijo-, y prosiguió: «¿Alguien ha notado algo? No, pues ya está». Para este orate, las fugas de capitales económicos y empresariales -cuya posibilidad fue repetidamente negada, por activa y por pasiva, desde el comienzo del 'procés' por Junqueras y Mas- significaba un trabajo menos para la nueva república, «pues hay alternativas a las bandas de mafiosos». Este tipo, ciertamente, es un ultra cuyo objetivo no es la liberación de los parias de la tierra, sino únicamente celebrar el ciego gusto de desgajarse de España, aunque Cataluña quede rota, dividida y empobrecida. Tengo claro que ninguno de estos inauditos disparates dichos, que acabo de mencionar, merece ser contra argumentado, pero son síntoma de una pésima situación.

Un buen amigo me confesaba ayer su desolación por lo que sucede en Cataluña. Tiene la moral por los suelos, triste ante tanto fanático y tanto inepto (estas eran sus palabras). Es un catalán más de la mayoría silenciada desde la Transición democrática. Le comprendo y comparto su preocupación, pero le transmito ánimos y sobre todo voluntad de afirmarse; no una adormecedora confianza de que las cosas se irán arreglando por sí solas. No es el caso. Por eso estamos como estamos.

No se puede seguir aparentando lo que no hay. El celebrado 'oasis catalán' fue una fórmula narcisista para tapar lo que se iba incubando. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿Quién puede negar el acoso moral, escolar y laboral que se está destapando ahora en Cataluña? El fondo de falsas sonrisas del 'procés', que publicistas bien pagados recomendaron, se agrieta. No da más de sí.

En el hacer y el no hacer de los dirigentes separatistas asoman personalidades perversas. Son tipos que nunca se cuestionan a sí mismos, dan la vuelta a la realidad como un calcetín y se manifiestan como víctimas mientras ponen a sus presas como perseguidores. La psiquiatra francesa Marie-France Hirigoyen ha recalcado que «dejar de nombrar la perversión es un acto todavía más grave, pues supone tolerar que la víctima permanezca indefensa, que sea agredida y que se la pueda agredir a voluntad». Las víctimas de estos abusos deben ser apoyadas muy de veras para no consentirlos. La asombrosa y gigantesca manifestación del 8 de octubre fue un punto de inflexión de la vida catalana. Hay que enfocar de forma penetrante y luminosa, y mirar así debajo de lo que se ve para actuar con eficacia.

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