Tirantes

El fenómeno de la globalización no es un tópico. Hay una realidad cercana que nos impone un sentido de la tolerancia del que antes carecíamos

Tirantes
Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Llevar unos tirantes con la bandera española no es probablemente una prueba de buen gusto. Como llevarlos con la bandera americana o la estelada. Llevar cualquier bandera en una prenda, ya de por sí peculiar como unos tirantes, es algo que chirría. Pero el mal gusto no merece la muerte. No merece siquiera el menor gesto de desaprobación porque estamos obligados a convivir con la gente que viste como nosotros jamás vestiríamos. No ya la democracia sino la época en la que vivimos, tan pródiga en contrastes, nos exige más que nunca actuar con respeto frente a lo diferente, a lo que nos llama la atención y nos chirría. Digo «la época» porque ese es también un factor que ha modificado nuestra vida cotidiana. El tiempo que nos ha tocado vivir nos exige renunciar a hacer chistes de chinos, yanquis o zulúes que hace dos décadas nos permitíamos no por racistas sino por provincianos y porque en nuestro paisaje familiar los zulúes, los yanquis o los chinos que veíamos constituían una excepción pintoresca. Hoy ya no son una excepción. El fenómeno de la globalización no es un tópico. Es una realidad cercana y palpable que nos impone un sentido de la tolerancia del que hace años carecíamos. Y algo más: la disposición a admitir que quizá estamos equivocados en nuestras certezas y prejuicios.

Hemos cambiado. Y debemos admitir que no siempre fuimos lo políticamente correctos que hoy nos exige nuestro mundo. La doctrina de la corrección política incurre en abundantes excesos, pero es necesaria y pertinente en muchos aspectos como el del respeto que nos impone a lo distinto. No pasa nada por asumir los cambios que hemos experimentado y experimentaremos. Hace unos meses tuve ocasión de charlar con un matrimonio que respondía al cliché más tradicional que puede imaginarse, pero que había asumido con la naturalidad que podía que su hijo se casara con una japonesa a la que había conocido en un viaje de trabajo. Confieso que me divirtió y me conmovió la normalidad con la que contaban que habían viajado a Tokio a pasar unos días con unos consuegros de apellido impronunciable. Habían comprendido que debían adaptarse a una situación que jamás habrían imaginado en el círculo convencional en el que se movían. La conversación resultaba un tanto forzada. Se empeñaban en ser tan naturales que ni siquiera se permitieron confesar lo que les había costado encajarla dentro de sus esquemas clásicos.

Los tirantes con la bandera española. El trágico caso de Víctor Laínez y de ese golpe mortal que recibió por sostener sus pantalones con esas coloristas tiras muestra algo más que el evidente odio ideológico. No nos quedemos en la clave política. Demuestra que el rechazo al diferente no es un patrimonio de los sectores más conservadores. Hay un conservadurismo de la izquierda que es tan sectario, paleto y peligroso como el de extrema derecha.

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