El tiempo del ministerio

José Enrique Cabrero
JOSÉ ENRIQUE CABRERO

El tiempo es el que es y eso no se puede alterar. Sin embargo, pese a que usted y yo vivimos el mismo tiempo, no todos los presentes se miden igual. Las once de la noche para un padre primerizo equivalen a las 2 de la mañana de un feliz universitario. Y levantarse a las 7 de la mañana puede ser una hora magnífica si nadie ha llorado en toda la noche o, sea como sea, un madrugón injusto e insoportable para los que se acuestan con Buenafuente, Pedrerol y el resto de la tropa vampírica. ¿Lo ven? Es el mismo tiempo y, al mismo tiempo, otro tiempo completamente distinto. Cuanto más tiempo pasa, más tiempo falta. Se ve que el tiempo es cuestión de tiempo. ¿Cuál es el problema? Que midamos todos los tiempos con el mismo reloj.

Partamos de una premisa indiscutible: ‘El Ministerio del Tiempo’ es de lo mejorcito que le ha pasado a nuestra televisión. Una serie fascinante, entretenida, imaginativa, original, ambiciosa y sin complejos. Y no querría menospreciar a otras que, pese a que a los vaivenes con aires de ‘Prison Break’ (ya saben: estirar el chicle hasta que no sepa a nada) también son productos magníficos. Productos españoles que merecen una oportunidad. Productos que comparten la misma virtud y el mismo problema: el tiempo.

Las cadenas de televisión se han propuesto empezar su ‘prime time’ a las 22.45 o, incluso, más tarde de las 23.00. Y esto es insostenible para los que madrugamos. Digo más: hace la conciliación familiar y laboral aún más empinada. Haría falta que algún ministerio -real- se tomara en serio el asunto y echara un vistazo a lo que pasa en gran parte de Europa: las mejores series y películas empiezan, como muy tarde, a las 21.00 horas.

Esto, además de unas consecuencias muy positivas para nuestras rutinas, tendría otros efectos: más gente -como yo- podríamos ver las series tranquilamente y contribuir a que la audiencia en directo, que es lo que manda al final, fuese mejor. Que sí, que están las plataformas online que todos usamos, pero, precisamente por eso, si las televisiones clásicas quieren competir a futuro, deberían pensar en el tiempo que vivimos.

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