Tiempo de caretas

En un sistema normal de libertades quien se tapa la cara es que no juega limpio

Tiempo de caretas
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Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Con su despliegue de caretas en el Parque de la Ciudadela, el nacionalismo catalán dio el 30 de enero un paso inquietante (¡otro más!) al que no hemos prestado la atención que merece ni hemos concedido la gravedad que tiene; distraídos, como estamos, con la salsa rosa de la mansión que Napodemont planeaba alquilarse en Waterloo o con los quince días que le han dejado a Junqueras sin recreo en el patio de Estremera. Y es que la simple consigna de taparse el rostro es un salto cualitativo o más bien sustantivo en la dirección antidemocrática, que conecta y sintoniza, por desgracia, con las formas totalitarias y las más genuinas mutaciones de la barbarie que ilustran nuestra época.

Nos estamos adentrando en la noche de un tiempo sin rostro que pretende hacer un valor moral de la máscara, del incógnito, de la oscuridad y de las dagas que se mueven en ella. El rostro diáfano del ciudadano libre que descubrió e iluminó el Siglo de las Luces parece de repente que quiere volver a las sombras y a la capa larga que prohibió Carlos III con el fin de traer a España la Ilustración. Y, así, la identidad individual se emboza hoy en el identitarismo colectivo de las etnias o de las siglas políticas; en los pseudónimos y en los alias de las redes sociales, los blogs justicieros y las secciones de comentarios anónimos de la prensa digital. Las máscaras han existido siempre, pero hoy están más de moda que nunca. Las hay de todas las clases en el carnaval de la posmodernidad: las que cubren el rostro entero o sólo medio rostro, las que tapan la sonrisa del verdugo o el llanto de la víctima, las que se fingen los rostros de uno y otro sin serlo… Hay en nuestros días demasiada gente entusiasmada con la idea de cubrirse el rostro, desde asesinos hasta difamadores de Twitter o Facebook. Hay demasiada tela ocultando demasiadas caras: las capuchas del Daesh, los velos islámicos, los capirotes apolillados que ETA aún quiere seguir usando en los cumpleaños, las máscaras de mármol o piel de elefante de los moralistas y los corruptos, los disfraces virtuales de los hackers, las caretas de Anonymous, el antifaz populista de Batman que se nos propone como alternativa a la sonrisa postiza del Joker en los morros de Donald Trump. El cine infantil ha hecho mucho daño en este sentido. Ha contribuido decisivamente al prestigio acrítico y malévolo de los buenos sin rostro. Pero en una democracia real no hay cabida para Batman ni para Spider-Man. Ni para El Zorro ni para El Llanero Solitario. En un sistema normal de libertades quien se tapa la cara es que no juega limpio. Es el caso de quienes el pasado martes se pusieron en los alrededores del Parlamento catalán la careta de Puigdemont para que la Guardia Civil no localizara al auténtico. No sabían que el auténtico no existe y que Puigdemont hace tiempo que es una máscara de sí mismo.

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