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El síndrome del niño que recibe una avalancha de regalos es real. No me lo acabo de inventar

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Fernando Luis Chivite
FERNANDO LUIS CHIVITE

Seguro que sabes (y si no yo estoy aquí para recordártelo) que esta noche pasada ha sido la Noche de Reyes y que hoy, al despertar, todos los niños han buscado ansiosamente sus regalos. He intentado acordarme de cuál fue mi mejor regalo de niño, pero creo que no tuve nunca un regalo demasiado excepcional: un balón de fútbol, una caja de arquitecturas, una pistola y una estrella de sheriff. Tampoco había tantas cosas como ahora. Puede que el mejor de todos fuera un pequeño scalextric con dos coches, pero yo no lo había pedido. Además siempre tenía las pilas gastadas: nunca podías poner demasiadas expectativas en los juguetes que dependían de pilas. Ahora me he enterado de que ya existe el denominado síndrome del niño hiperregalado. Supongo que nosotros tuvimos al menos la suerte de librarnos de eso. El síndrome del niño que recibe una avalancha excesiva de regalos es real. No me lo acabo de inventar. De hecho, dicen que muchas veces es consecuencia de la culpabilidad que sienten algunos padres por no pasar más tiempo con sus hijos y que en los últimos años está aumentando una barbaridad. Se trata de un conjunto de síntomas (que en algunos casos puede alcanzar extremos muy preocupantes) entre los que destacan: la ansiedad, el egoísmo, el consumismo caprichoso, la insatisfacción por todo, la pérdida de la imaginación y un cierto desinterés o apatía perpetua (por no seguir con la lista). Recuerdo que hace tres años los publicistas de la firma Ikea (a menudo me fastidia comprobar que los artistas de hoy trabajan en el mundo de la publicidad y que, de hecho, los publicistas son los mejores conocedores del alma humana), subieron a youtube un vídeo titulado ‘La otra carta’ en el que se presentaba un experimento real. Se invitaba a varios niños a escribir su carta a los Reyes Magos y, cuando acababan, se cerraba el sobre y se guardaba en un cesto. Y acto seguido, se les invitaba a escribir una segunda carta poniendo en ella lo que les pedirían a sus padres. A muchos de los niños la propuesta les cogía por sorpresa: tenían que pensarlo. Pero al final, todos acababan escribiendo algo parecido: Quiero que estemos un día entero juntos, quiero que hagamos más experimentos en casa, quiero que cenéis más con nosotros, quiero que me hagáis cosquillas, que me leáis un cuento, que estéis más conmigo, etc. Después, daban la carta a las madres y padres y la cámara enfocaba sus caras mientras la estaban leyendo. A unas cuantas se les saltaban las lágrimas, claro. El síndrome del niño hiperregalado solo es un ejemplo más del estilo de vida imperante. Los adultos no somos muy distintos, nuestro cerebro funciona igual. También nos sobran objetos y nos falta tiempo. Y puesto que, en el fondo, somos tiempo, cuesta creer que aún no hayamos aprendido a repartir mejor el trabajo.

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