Antes de que termine el año

La despedida de 2017 en España no ha podido ser más convulsa políticamente. Las elecciones en Cataluña arrojan todo tipo de sombras sobre 2018

Antes de que termine el año
José Ibarrola
Javier Zarzalejos
JAVIER ZARZALEJOS

Los últimos días del año suelen ser favorables a los ejercicios de prospectiva. Anticiparse a los acontecimientos es una expresión de prudencia que se aleja mucho de esa otra acepción de la prudencia consistente en verlas venir hasta que las cosas pasan y, una vez que ocurren, actuar a remolque de los acontecimientos.

Por esta razón, ese intento de prospectiva en el mundo de lo volátil, la posverdad, y todos esos términos de la neolengua posmoderna que quieren dar razón de lo que nos ocurre puede resultar entretenido para ensayar un retrato que en algo se aproxime a lo que nos puede esperar.

La despedida del año en España no ha podido ser más convulsa políticamente. Las elecciones en Cataluña arrojan todo tipo de sombras sobre 2018, la estabilidad de un Gobierno golpeado severamente en las urnas catalanas y dependiente de Ciudadanos y del PNV para hacer algo de entidad en el Parlamento. Entre los muchos asuntos de interés que suscita el resultado catalán, la pugna PP-Ciudadanos por la primacía en el espacio de centro derecha va a ser una confrontación descarnada y áspera. El objetivo de Ciudadanos es sustituir al PP y este partido -que sigue siendo la estructura de partido más grande en España- es consciente de la vía de agua que se la ha abierto, aunque envuelvan de silencio el temor al futuro electoral.

Esta es una de las caras de la situación en Cataluña que sin duda van a tener repercusión en la política nacional a cortísimo plazo. ¿Será posible mantener el consenso en torno al 155 o los socialistas buscarán otros territorios en los que puedan restablecer la relación con los nacionalistas? ¿La reivindicación de un referéndum pactado irá ocupando terreno en el debate constitucional que está planteado?

Si quedara tiempo para hablar de algo que no sea Cataluña, descubriremos que corremos el riesgo de ser alcanzados por la realidad de las reformas ausentes. Las que no se ha hecho y las que difícilmente se podrán hacer si se tiene en cuenta que pronto, siempre antes de lo que pensamos, empezará a oler a elecciones. De lo que ya no tenemos derecho a rasgarnos las vestiduras es por el futuro de las pensiones.

Si tiramos un poco por alto, la agenda europea queda concentrada en Londres, París y Berlín, o sea como casi siempre. Los británicos tienen que resolver sus dilemas sobre el ‘Brexit’ y ya saben que ni el euro se va a romper ni los países de la Unión Europea van a caer en la estrategia de bilateralizar la negociación. Eso significa que Londres no tiene margen para lo que llaman ‘Brexit duro’. Y si la debilidad de la posición británica no les garantiza un acuerdo todo lo favorable que se las prometían, el debate parlamentario del acuerdo final puede deparar alguna sorpresa. Macron, el gran fenómeno político del año, goza del espacio que le deja el repliegue de Angela Merkel, ocupada todavía en tejer una coalición con los socialdemócratas -también como casi siempre-. Macron, que ha salido bien de la reforma laboral -y no es poco tratándose de Francia- tiene que consolidarse para desmentir a los que le consideran el fenómeno espasmódico de un electorado voluble. Necesita un partido fuerte, que traduzca en forma de estructura, programa y equipos el potente movimiento ciudadano que confluyó para darle la victoria.

La canciller alemana sin duda resistirá en su posición de primacía europea el ascenso de Macron. Su opción por una coalición con los socialdemócratas puede que no tarde mucho en materializarse. 2018 será otro año en el que el liderazgo alemán se hará sentir, incluso contando con la voluntad de Merkel de sumar a Macron a la locomotora europea y reafirmar el eje París-Bonn, como alemanes y franceses han hecho una y otra vez, atribuyéndose el papel de impulsores de la Unión y garantes de su estabilidad.

Nos encontramos a pocas semanas para que Donald Trump celebre su primer año en la Casa Blanca. No se han cumplido, todavía, los peores augurios que podríamos temer a tenor de su propio programa. Pero lo que ha hecho en estos meses tampoco es banal. Se ha reafirmado como una administración netamente proteccionista, y mal equipada para afrontar la transformación del panorama estratégico en Oriente Medio, atravesada por la rivalidad mortal entre Irán y Arabia Saudí. Trump ha llevado a término la política de repliegue de Obama y ahí tenemos al flamante Putin paseándose por Siria como protagonista del nuevo reparto de actores en aquella región.

Acostumbrados a tomar a chacota al norcoreano Kim Jong-Un tampoco no deberíamos olvidar que su potencia nuclear no es una especulación sino una amenaza real que el líder de esa sangrienta rareza comunista esgrime frente a quienes tengan la tentación de derrocarle. Parece que hay más mecanismos que los que se ven para impedir que la crisis en la que Kim se empeña en situarse escale hacia niveles incontrolables; pero el eventual extravío de semejante personaje con el botón nuclear bajo su dedo es un riesgo que no se puede descartar.

Y sin embargo, el mundo mejora en una situación única en la que todas las regiones crecen, el comercio internacional se expande y las incertidumbres que pueden frustrar la expectativas de una recuperación sostenida son, en su inmensa mayoría, de origen político. Una larga crisis se puede dejar atrás si la política, la versión mala de la política, no se empeña en impedirlo.

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