el tercer jaque a puigdemont

Tonia Etxarri
TONIA ETXARRI

La multitudinaria manifestación que ayer se celebró en Barcelona y que dio la voz a la mayoría silenciosa, fue el tercer golpe que el independentismo ha recibido en menos de una semana. Después del discurso del rey Felipe VI y de la fuga bancaria y empresarial dada a conocer, a su pesar, por los responsables de banco de Sabadell y Caixabanc, entre otros, cientos de miles de ciudadanos convocados por Sociedad Civil Catalana salieron a la calle para mostrar su rechazo al golpe constitucional que está tramando la Generalitat y sus aliados. El tercer gran contratiempo para Puigdemont. Hartos de haber sido silenciados durante tanto tiempo y de haber sido insultados por los gobernantes que llegaron a llamar « súbditos» a quienes no quisieron participar de la farsa del referéndum ilegal, los manifestantes salieron de su armario. Habían asistido, atónitos, al espectáculo de ver las calles ocupadas por activistas y familias de independendistas que hablaban en su nombre exigiendo la ruptura con el resto de España. Que se expresaban en representación de « todo un pueblo» , tomando la parte por el todo, como si los catalanes fueran un bloque cohesionado, como si los dos millones movilizados pudieran representar a los 7 millones y medio de habitantes, como si todos los catalanes tuvieran que ser nacionalistas. La imagen de la manifestación de ayer contra « la conjura independendista» como la denominó Mario Vargas Llosa, en donde Josep Borrell exigió respeto para esa mayoría que quiere seguir siendo catalana dentro de España, es la que ha querido ocultar Puigdemont desde que llegó a la Generalitat. Ha recibido tres aldabonazos en un tiempo récord. Desde ayer las imágenes de la manifestación le recordarán que no existe otro conflicto mayor en Cataluña que el creado por su propio gobierno al forzar una vulneración constante de la ley y fracturar a la sociedad, como ya habían advertido políticos de la antigua Convergencia que hoy, unos porque se retiraron a tiempo y otros porque han sido purgados, ya no están en la primera línea de la política.

La batalla de la comunicación internacional, que había ganado en el primer tiempo de este partido, está empezando a perderla desde que la Unión Europea defendió la democracia del Estado español. Por eso ayer Josep Borrell, que fue presidente del Parlamento europeo, aprovechó el escenario para propagar ante todos los medios que le observaban que «Cataluña no es una colonia, ni un Estado ocupado» como lo fue Kosovo.

Desde ayer ya no cuela la propaganda que tiende a asociar la idea de España con la derechona o el franquismo, que tanto le gusta al nacional populismo. Sobre todo después de que ayer quienes salieron a la calle mostraran su preocupación por el vacío de poder cuando la ilegalidad se convierte en el ‘santo y seña’ de un gobierno desleal como el de la Generalitat.

Puigdemont sigue recibiendo manifiestos contra su plan de independencia. Pero la réplica más fulminante que ha sufrido en los últimos días es el anuncio de la fuga de la banca más arraigada en Cataluña y de varias empresas que se van sumando a la corriente de temor ante la incertidumbre que generaría la independencia. La primera reacción de los activistas independentistas, al conocer la noticia, no pudo ser más frívola. Cataluña acabada de perder el control sobre un patrimonio de 800.000 millones de euros y ellos diciendo que esa mudanza solo implicaba un par de despachos y teléfonos. Pero Puigdemont ha acusado el golpe reconociendo que la salida de empresas es un hecho de « extrema gravedad». Claro que lo es. Ningún responsable político puede buscar el empobrecimiento de su tierra. Y es lo que puede estar a punto de lograr si, después, se produjera la deslocalización de empresas. Falta un día para que comparezca ante el Parlament. Y sabe que si no vuelve al orden constitucional y al normal funcionamiento de las instituciones democráticas no cabrá negociación alguna. De la misma forma que el discurso del Rey no tiene vuelta atrás y el retorno de las empresas a una Cataluña independiente resulta inimaginable, un diálogo con chantaje no es concebible en democracia. Y eso es lo que, hasta ahora, está planteando la Generalitat.

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