temperatura en otoño

La vuelta al trabajo se anticipa caliente con el procès catalán y las huelgas que afectan a los transportes

Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

En estos días finales del mes de agosto, cuando empezamos a notar en el cogote el fétido aliento de la vuelta al trabajo, solemos encontrarnos con titulares que pretenden medir la temperatura política, económica y social imperante a lo largo del próximo otoño. Y, si guardan memoria de las previsiones anteriores, casi siempre se nos augura un «otoño caliente». Este año sucede lo mismo y la previsión se repite, aunque siendo sinceros de este aumento de la temperatura no podemos echarle la culpa a las negativas a aceptar el cambio climático del presidente Donald Trump.

En España, otoño será caliente, sin duda alguna, en el terreno de la política. El procès llega a su momento crucial, cuando se deben materializar todas las amenazas y desatar todas las intenciones de los partidos independentistas. Haya o no haya referéndum el primero de octubre lo que es seguro es que habrá líos, turbulencias, algaradas, ilusiones marchitas y esperanzas truncadas. ¿Las de quién? Pues yo pienso que las de los independentistas que se enfrentan al poder del Estado -siempre menospreciado, pero nunca eliminado-, y, además, a la indiferencia de unos y al malestar de otros más allá de nuestras fronteras.

No han entendido que Cataluña es, sin duda, un quebradero de cabeza para España pero también es una monumental molestia para Europa. Europa es la esperanza de los independentistas catalanes, pero los independentistas catalanes son un incordio para Europa. Bastante tiene ésta con lidiar con el ‘Brexit’ como para meterse en otro proceso de adhesión, con el país de origen opuesto a todo. ¿Dónde van a encontrar aliados, dónde buscarán comprensión? ¿Quién les apoyará en sus demandas, quién les ayudará en sus intereses? Europa, por su propio interés, siempre estará del lado de los Estados miembros, que son quienes firmaron los tratados y quienes se sientan en los Consejos. Esta no es una opinión, es una constatación de la realidad que ha sido manifestada con claridad por quienes tenían que manifestarlo.

En cambio, en el terreno económico la temperatura debería ser más amable. Seguimos a un ritmo vivo de crecimiento, la inflación se mantiene contenida y los tipos de interés permanecen bajos. En el lado negativo hay numerosos avisos de huelgas, en especial en el sector de los servicios de limpieza y mantenimiento que tantos trastornos provocan y que impiden en especial el normal desarrollo de los transportes de personas y mercancías. Aquí, en cuanto se le ocurre a alguien proponer algún límite al ejercicio del sacrosanto derecho a la huelga, se desatan las alarmas y aparecen las acusaciones. Pero, si lo pensamos un poco, parece claro que este derecho debería tener límites. De hecho, como les sucede a todos los demás.

Y ese límite debería situarse en la línea que convierte en mayores los derechos de terceros lesionados por la huelga que los defendidos por los huelguistas. Y, fíjese, aquí esa delgada y relevante línea resulta bastante sencilla de dibujar dado que, en general, estamos hablando de dinero. Del dinero exigido por el lado de los trabajadores y del dinero perdido por los afectados por la huelga. El hecho de que no exista un sindicato que defienda a los ciudadanos que producen basuras, ni una asociación que defienda a los usuarios de aeropuertos, no debería ser óbice para que no tuvieran voz y sus derechos no fueran reconocidos. No digamos nada cuando, además de dinero, se ven implicados otros derechos fundamentales como el de la salud, la educación o el cuidado de nuestros mayores.

Bueno, pues no se abrigue demasiado. Por mi parte espero que, como hoy es domingo y finales de agosto, no haya nadie interesado en leer este comentario, porque, en caso contrario, me la he cargado. Otra vez.

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