Contra la temeridad política

La moción de censura de Sánchez no es la solución para un país que necesita un Gobierno más sólido o un adelanto de las elecciones generales

Contra la temeridad política
EL CORREO

La gravedad de la sentencia sobre la trama Gürtel, que condena a significados exdirigentes del PP y al propio partido y constata la existencia de una 'caja B' en su contabilidad, hacía inevitable una sacudida en un tablero político ya demasiado inestable. Pero la decisión de Pedro Sánchez de anticiparse a una eventual disolución de las Cortes por parte de Rajoy y presentar una moción de censura para llegar a La Moncloa con la suma de los votos de un sinfín de partidos sin coherencia ideológica alguna entre sí resulta al menos impaciente, insolvente e incierta en cuanto a sus efectos reales. Si triunfa su apuesta, anunció un Gobierno monocolor del PSOE que amenazaría con ser aún más débil que el actual al contar con el seguro respaldo de solo 84 de los 350 escaños del Congreso. Esa es la representación socialista, la más reducida desde el inicio de la Transición. Sánchez explicó su decisión más en términos morales que políticos. Es cierto que la naturalidad con que el PP sortea los escándalos de corrupción que le afectan y la indolencia con que los trata el propio Rajoy generan una profunda contrariedad en amplios sectores sociales por la impotencia con la que se ven obligados a asistir a tan descorazonador espectáculo. Pero también que la iniciativa del PSOE se mueve entre lo testimonial y lo ingobernable. Sánchez manifestó que trata de devolver la normalidad a las instituciones, activar la agenda social y proceder a la regeneración democrática para, finalmente, convocar elecciones no se sabe muy bien cuándo. Una hipotética mayoría parlamentaria de aluvión, capaz si acaso de colocarle en La Moncloa, no garantiza que las cosas mejoren en España. Ni en cuanto a los consensos básicos en cuestiones de Estado, ni en el impulso de medidas que generen riqueza y la redistribuyan mejor, ni en el encauzamiento democrático de la crisis catalana. Sánchez no puede presentar como inocuo un eventual acceso al poder de la mano del partido de Quim Torra, al que ha tachado de «racista», de los también independentistas de ERC y de EH Bildu, aparte de Podemos y sus confluencias. Con la moción de censura pretende lograr lo que no consiguió en 2015 ni en 2016, en un impulso abocado a incrementar el desbarajuste general. Pero sería una grave equivocación o un ardid ventajista reducir la magnitud de los problemas de España al error socialista, como en buena medida quiso ayer hacer Rajoy con el consabido argumento de que él encarna la estabilidad y de que cualquier otra opción conduce al suicidio colectivo.

Más Gobierno o elecciones

La corrupción no es la única causa de desafección social hacia el poder político, aunque sí la más hiriente. El desgaste que sufre el PP también obedece a factores como el injusto reparto de las mieles de la recuperación o los cambios culturales y generacionales. A todo ello se une el elemento catalizador del independentismo, que da lugar a nuevas expresiones de lo identitario. Rajoy despachó el anuncio del PSOE con la teoría de que las legislaturas están para agotarse. El efecto inmediato de la iniciativa es que el presidente no puede disolver las Cortes sin antes pasar por el trámite de la moción de censura. Su obligación no es solo sortear tal envite, sino demostrar con hechos fehacientes y con acuerdos que la continuidad de su Gobierno en minoría tiene sentido y que la legislatura no está tan agotada como parece. Especialmente, cuando se sabe que continuará arreciando la corrupción. De lo contrario, debería afrontar la moción prometiendo un anticipo de las elecciones si la supera o pidiendo al PSOE que la retire para acudir cuanto antes a las urnas.

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