Tampoco es tan extraño

ÁNGEL RESA

Si los profesionales de la política que la han convertido en su oficio y los partidos como estructuras de hormigón supieran lo poco que importa la sopa de letras o el supuesto carácter sacrosanto de las siglas a la mayoría de los ciudadanos habría más acuerdos para el beneficio colectivo. Pero enredados como suelen andar en las riñas de patio colegial, muy especialmente y desde tiempos casi inmemoriales en un Ayuntamiento donde priman los rencores antiguos y las rencillas permanentes, leemos noticias como ésta y nos parece excepcional lo que deberíamos interpretar como síntomas de sentido común y cordura.

Independientemente de qué formaciones firmen los pactos, una ciudad -y nada digamos de Vitoria con las múltiples fracciones sentadas en los escaños de su Consistorio- necesita diálogos fructíferos para avanzar. Lo demás se reduce a infantilismos pendencieros del tipo ‘pues tú más’ y a la suma de empates en esta Corporación de los tercios. Por supuesto que a los grupos ajenos a la entente PNV-PP para regular los ingresos municipales les parecerá que el Gobierno encabezado por los jeltzales se ha arrojado a los brazos del ogro. Así de maniqueo y pedestre es el modo habitual de hacer la política en la capital alavesa.

Tampoco resulta tan extraño el compromiso recaudatorio alcanzado por nacionalistas y populares. Al fin y al cabo les acercan puntos comunes de sus modelos económicos, tamizados por el PNV con el barniz social que destila el humanismo que abraza el alcalde. Les diferencian asuntos, cierto es, pero las distancias siempre parecen más insalvables en Vitoria, donde apenas se disimulan las aversiones y las bocas se mueven para asestar mordiscos. El trato ahorra algo de la carga impositiva que abonan las familias y las empresas, una filosofía de ingresos que vive en las antípodas de la que abandera la tercera parte del Ayuntamiento. Eso sí, es de prever que EH Bildu rentabilizará el convenio entre jeltzales y PP al dejarle más libre las dos mitades del campo: el flanco nacionalista y el liderazgo de la izquierda sin edulcorantes.

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