Yo tampoco

La vida es eso: un continuo esfuerzo por la matización; por ajustar la propia Justicia; por no caer en una lacra ni en la contraria

Yo tampoco
AFP
Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Es posible detestar a la vez el lenguaje de la corrección política y el lenguaje políticamente incorrecto del Trump que llama a los países pobres «agujeros de mierda»? ¿Se puede sentir, al mismo tiempo, rechazo por los eufemismos buenistas y por las bravuconadas racistas? ¿Se puede experimentar simultáneamente indignación ante la violencia sexista y ante ese tipo de feminismo que ve violencia en todo lo que hace, dice y piensa el otro sexo?

No solo se puede sino que se debe. La vida es eso: un continuo esfuerzo por la matización; por ajustar la propia Justicia; por no caer en una lacra ni en la contraria; por hallar ese punto medio en el que veían la virtud los clásicos. Por esa razón, a uno le parece tan saludable el movimiento norteamericano que, a raíz del ‘caso Harvey Weinstein’, anima a todas las mujeres a denunciar los acosos sexuales o los abusos machistas de poder en el trabajo, como ese más reciente manifiesto de las artistas francesas que nos previene contra la ola de puritanismo que ha desencadenado la campaña del ‘Me Too’ y nos recuerda que «el coqueteo insistente o torpe no es un crimen ni la galantería una agresión». A uno le parece que ambas iniciativas son igual de necesarias por lo que tienen de rebeldía contra el conformismo establecido; porque se corrigen mutuamente en sus excesos -que los tienen a partes iguales- y ponen el dedo en dos llagas sociales, en dos formas contrapuestas de atentar contra una misma libertad.

Es cierto que hay un populismo feminista que plantea los derechos de la mujer, no en términos de igualdad con el hombre, sino en conflicto con este y que traslada el esquema de la lucha de clases a una supuesta lucha de sexos que no aporta nada a la convivencia sino la enrarece. Esa visión dramática de la relación entre hombres y mujeres ha sido incluso teorizada por el difunto Laclau y su viuda Chantal Mouffe. Pero, populismos aparte, el acoso a la mujer y el abuso de poder han existido y aún existen en el mundo laboral. Conozco el caso cercano de una chica que tuvo que abandonar su primer empleo porque un superior pasó de tirarle patosamente los tejos a la intimidación verbal y física. La joven podía haber denunciado la situación, reclamado una indemnización y colocado al acosador en su sitio. No lo hizo porque, en la España en la que todavía estamos, no iba a puntuarle precisamente una denuncia de esa clase en un currículum profesional recién estrenado sino a constituir una mancha, una etiqueta de «persona problemática» cuando hiciera otra solicitud de trabajo.

No. No hay contradicción en la aversión simultánea al que abusa de una menor y al que aprovecha la denuncia de ese delito para proponer la prohibición de la ‘Lolita’ de Nabokov. Son dos caras de una misma lacra: la imposición grosera, arbitraria, gratuita… Y a menudo dos caras de un mismo tipo de sujetos.

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