Tambores cercanos

No hay marcha sin batucada al canto. Y da la impresión de que cuanto más fuerte percuten, mayor es el afán de protesta

Tambores cercanos
JUAN BAS

Pensaba en medio del aturdimiento en la popularidad de la que gozan muy diversas tamborradas, y en consecuencia y por desgracia en lo frecuentes que son, mientras soportaba en una mesa de terraza en la que leía el periódico el paso (lentísimo) de una (muy) numerosa comitiva de tíos con un tam-tam por cabeza que manoteaban con vigoroso entusiasmo. Se trata de unos habituales que recorren con exhaustividad el barrio cada fin de semana. Avanzan tan despacio que parecen una grabación ralentizada y alcanzan un nivel de decibelios asombroso e insoportable. La vanguardia de los ralentizados pide dinero, no sé si para premiar la tabarra o como peaje para que se larguen de una vez. Causa perplejidad que la policía municipal no les diga nada y campen a sus anchas. Es probable que les den bula por ser subsaharianos, vulgo, negros, y que se tema que amonestarlos sea tomado por racismo. Resultan espeluznantes, más pavorosos que los tambores de guerra de los feroces gaboni en las antiguas películas de Tarzán. Si hubieran formado parte de los batallones zulúes en la guerra del XIX contra los ingleses, es muy posible que el resultado de la batalla de Rorke's Drift habría sido otro.

Además de los machacones tambores de las procesiones de Semana Santa, bombos en partidos de fútbol (inolvidable Manolo) y similares tradiciones de sonoridad infausta, el redoble de tambores se ha convertido, de un ya largo tiempo a esta parte, en elemento inseparable de manifestaciones, jornadas reivindicativas y celebraciones multitudinarias. La quintaesencia de toda esta murga la constituye la batucada. No hay marcha ni reivindicación sin batucada al canto. Y da la impresión de que cuanto más fuerte percuten, mayor es el afán de protesta; en este sentido hay que reconocer que se emplean a fondo y con persistencia horaria. Por otra parte o por la misma, como hay muchas, la mayoría es de muy baja calidad (el noble fin que se persigue justifica la precariedad de los medios) y el tormento se redobla, nunca mejor dicho.

Lo único positivo de soportar a la densa tropa de los tamtam fue que me dio ganas de volver a ver 'Nazarín', la malévola película de Buñuel basada en la novela de Galdós que traza el retrato de un bueno abominable (los que son tan buenos que nos hacen peores a los demás) cuyo cargante sentido del apostolado acarrea calamidades a los que se cruzan en su errático camino. Y es que al final de la película, cuando el padre Nazario, Paco Rabal, mira atónito al frente y dentro de sí, y quizá se da cuenta por primera vez de cómo es en realidad, retumban en la banda sonora los atronadores tambores de Calanda en Viernes Santo (declarados de interés turístico). Si en vez de en la banda sonora, Nazarín los hubiera tenido que aguantar de verdad, tal vez se habría hecho forajido y misántropo.

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