subasta radical

La disolución 'de facto' de ETA provoca un vacío de autoridad en la izquierda abertzale, que se agrava en el desorden de toda una galaxia de siglas e iniciativas

Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

La izquierda abertzale no había previsto lanzar este verano una campaña contra «el actual modelo de turismo», sino que ha sido sorprendida por la iniciativa de su organización juvenil o, por ser más exactos, por sus efectos. Algo sabrían los dirigentes de Sortu sobre las intenciones de Ernai. Pero probablemente restaron importancia a la ocurrencia; formaba parte del peaje obligado que los partidos dispensan a sus respectivas juventudes, dando por sobreentendido que éstas han de mostrarse más radicales que sus mayores.

La sorpresa inicial fue a más cuando las palabras de Arnaldo Otegi, distanciándose del ‘Tourist go home’, cayeron en saco roto y los actos contra ‘este turismo’ condujeron a los jóvenes activistas a mostrar su oposición a la agencia pública, Basquetour, que no tiene otro cometido que desarrollar la ley aprobada con los votos de EH Bildu, a extender a Vitoria la denuncia de la masificación turística cuando más vascos visitan la capital de Euskadi -en las fiestas de La Blanca-, a acompañar la manifestación programada para Donostia con otra en Gernika, con el anuncio de que también lo harán en la Semana Grande bilbaína, y a hacerse valer de su extraño sentido del humor parando el tren más inocente de San Sebastián. Todo ello mientras continúan las pintadas invitando en inglés a los turistas a que se vayan a su casa.

Es bien sabido que ni la rectificación ni la autocrítica forman parte de la naturaleza de la izquierda abertzale. Ernai no solo está incapacitada en origen para desconvocar manifestaciones o para desdecirse de lo hecho. Ocurre que, con la única salvedad de Otegi, todos los dirigentes de la izquierda abertzale que no están de turismo por lugares más masificados que éste se han ido sumando al descontrol, no sea que acaben fuera de juego. El diputado de EH Bildu Oscar Matute fue muy elocuente al respecto cuando, a modo de pregunta al aire, dijo: «otra cosa es si las acciones y protestas llevadas a cabo por Ernai ayudan mucho o poco a poner el debate encima de la mesa». La respuesta deberían darla los propios responsables de la izquierda abertzale y asimilados. Pero prefieren esperar a que esto se calme para reivindicar a continuación cuantas medidas de contención y ajuste adopten las instituciones públicas.

Al explorar este nuevo espacio de confrontación -emulando sin duda a Arran en los ‘países catalanes’- Ernai refleja las incomodidades que vive la izquierda abertzale al tener que reivindicar su pasado y, a la vez, verse lastrada por él. La necesidad de librarse de lo que eufemísticamente su oficialidad bautizó como «las consecuencias del conflicto armado» mientras, al mismo tiempo, reclama su centralidad en la resolución del contencioso, en la redacción de una memoria negociada, en el día a día de los homenajes y de los actos de reivindicación del pasado. He ahí la contradicción en la que la izquierda abertzale acaba desautorizándose a sí misma.

Un joven de 19 años, hijo de un preso de ETA fallecido en la cárcel, declara haber vivido siempre en la injusticia. Los responsables de Sare proponen una ‘comisión de la verdad’, como si nada. Se suceden actos de bienvenida o en recuerdo de los ausentes sin que la izquierda abertzale encuentre una ‘religión de sustitución’ que preserve la radicalidad de su mensaje y conforme un universo simbólico alternativo. Iparretarrak operó contra el turismo en el País Vasco francés durante dos décadas, tratando de conferir a su violencia un halo bucólico de defensa del territorio identitario. Dos décadas después la izquierda abertzale no tiene otro remedio que aferrarse a la diatriba sobre si esto que están haciendo los jóvenes de Ernai son ataques o expresiones de libre pensamiento. Porque ni siquiera se atreve -emulando a la CUP- a blandir una escoba para barrer, a la vez, a Rajoy y a Urkullu.

La disolución ‘de facto’ de ETA provoca un vacío de autoridad en la izquierda abertzale, que se agrava en el desorden de toda una galaxia de siglas e iniciativas. Aunque la cosa no queda ahí, porque la creciente devaluación del monotema hace que la izquierda abertzale se mueva constantemente en una especie de subasta entre ocurrencias que no controla.

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