Soñar

Nos soñamos, soñamos a los otros y siempre se nos antoja que son más felices que nosotros, hasta nos sorprendemos cuando un superfeliz se hace viejo como el resto de los mortales

Mila Beldarrain
MILA BELDARRAIN

Estamos en verano. Y otra vez a soñarnos felices y contentos. Habitantes de paraísos virtuales. Paraísos de playas azules y arenas blancas. Paraísos de montañas frondosas y verdes prados. Paraísos, sobre todo, de los que los jefes, y los jefes de los jefes, y los jefes de los jefes de los jefes, así hasta Trump y Putin, están desterrados. Porque nos gusta soñar con los ojos abiertos, volar sin alas a donde nada nos pueda hacer daño. Nos gusta soñarnos guapos, inteligentes y valientes, tan valientes como Ignacio Echevarría, y tantos otros, que han dado su vida por salvar la de los demás. Y es que, como chapoteamos por la vida con barro hasta los codos, nos cuesta creer que alguno de nosotros sea de esa misma pasta. Pero sí somos. Todos guardamos un punto de generosidad y valentía por ahí dentro, lo que pasa es que, en el día a día, a veces tan sombrío, a veces tan mediocre, lo perdemos de vista y creemos que no existe, y sin embargo está ahí, en ustedes, en vosotros, en mí.

Llega el verano, y los que no se pueden escapar a esos paraísos mágicos se sienten más tristes que un triste y frío día de febrero. Porque no solo nos soñamos, sino que soñamos a los otros, y siempre se nos antoja que son mucho, mucho más felices que nosotros. Hasta nos sorprendemos cuando un superfeliz se hace viejo o se muere, como el resto de los mortales.

A mí también me gusta soñar y soñarme. Suelo ser la chica de la peli, cuando la protagonista es guapa, valiente, inteligente, astuta, ingeniosa y generosa. El verano, los viajes, la música, las novelas, los videojuegos, el teatro y el cine nos hacen soñar. Por cierto, que Steven Spielberg ahora está enredado en una historia real que me ha atrapado. Resulta que en Bolonia, el año 1858, el niño Edgardo Mortara, de 6 años, fue arrebatado por la Guardia Pontificia a sus padres judíos. En su tiempo este hecho levantó una gran polémica y fue muy famoso. Ocurrió que, estando la criatura en peligro de muerte, una criada, Anna Morisi, le administró el bautismo con el agua de un jarrón. Luego el niño sanó. Enterado el Papa Pío IX del caso, decidió apartar a Edgardo de su entorno maligno y educarlo en la fe católica. Los padres lucharon por recuperar a su hijo, pero, aunque durante todo un mes permanecieron en Roma intentando convencer al retoño para que volviese a casa, él se negó y acabó consagrándose sacerdote.

Edgardo Morata llegó a ser un erudito políglota capaz de predicar en seis idiomas. Su amor al euskera le llevó a Oñati, en donde aprendió la lengua vasca tan bien que sus sermones en euskera se hicieron famosos. Allí tiene una calle, Edgardo Morata Kalea. Don Miguel de Unamuno habla de él en ‘Contra esto y aquello’. Y me imagino a Edgardo paseando por Oñati, bella y misteriosa, como los misterios que nos hacen soñar. Porque delante de la Universidad Sancti Spiritus, la primera universidad de Euskadi, de la iglesia parroquial de San Miguel, con su claustro de arcos abiertos al río Ubao, del Monasterio de Bidaurreta de monjas clarisas, en el Santuario de Arantzazu, y ante tantas casas-torre, tantos palacios, tantas calles y plazas por las que perdernos y encontrarnos, se sueña, y todavía aún más si nos intrincamos en la galería 53 de una de las cuevas de Arrikrutz, en la cordillera de Aizkorri.

Estamos en verano. Y pasamos a otra esfera. Por unos días damos descanso al corazón y a la cabeza. Nos volvemos más frívolos y despreocupados. El horizonte de nuestros días se abre a la holganza y a la satisfacción por lo menudo, sin más historias. Y nos sentimos felices solo porque sí, porque hace sol, porque hemos comido a gusto, aunque sea rica comida basura, porque vemos cosas nuevas que nos sorprenden, porque nos soñamos sin preocupaciones, como un lindo patito o una linda patita que navegan tranquilos por el lago, olvidados de que el cazador les acecha y les sueña convertidos en exquisito foie. ¡Uy!, ya estamos, ya me asoma la bicha mala por las entendederas. Corro a soñar mis sueños. Y recupero aquella dicha insensata de los veranos de mi infancia, cuando los chicos jugaban al fútbol y toda la felicidad del mundo estaba encerrada en un simple balón, y las chicas jugábamos muy contentas al txingo, la rayuela, sin darnos cuenta de que ya el destino sabio nos estaba avisando de que algunos, bien es verdad que cada vez menos, iban a querer vernos así, a la pata coja, durante toda la vida. Sí, recupero aquellas tardes de verano en que el anochecer nos encontraba cansados, morenos, con las rodillas rotas y los sueños intactos.

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