lA SOMBRA DEL TRANVÍA

ÁNGEL RESA

Es de suponer que el asunto pasaría más o menos desapercibido si la posibilidad de adquirir plazas en un garaje de Adurza no se relacionara con la extensión del metro ligero. Las operaciones inmobiliarias, ni qué decir tiene antes de fundirse a negro la burbuja incandescente, suponen algo normal y a nadie le sobresalta que oferta y demanda lleguen a un punto de encuentro a la hora de guarecer coches en esta ciudad de otoños largos e inviernos prolongados. Ocurre que el ojo omnipresente de Google Maps fija la pupila a cien metros de Castro Urdiales (de aquí, no de Cantabria), una vía angosta que conduce al campus universitario. Exacto, donde el Consistorio pretende ampliar el tranvía después de años uniendo el centro urbano con los confines que representan Ibaiondo y Abetxuko.

Como suele suceder en la capital alavesa, cada propuesta del Ayuntamiento lleva adherida su contestación vecinal. Tendría que empadronarme en el viejo barrio junto a San Cristóbal para opinar con conocimiento absoluto de causa sobre las ventajas e inconvenientes de llevar raíles a los pies de Las Trianas. De distritos levantados hace más de medio siglo deprisa y corriendo algo sé por biografía propia, pero no vivo junto a la fututa catenaria. Sólo subrayo la tendencia autóctona a autorizar novedades siempre que queden a desmano y no afecten al personal de modo directo. Lo digo porque las hemerotecas están repletas de debates suscitados con un chasquido de dedos.

Evidentemente, o por cuanto se hace oír, existe un sector en Adurza contrario a ejercer de anfitrión al gusano verde. Aluden a la tala de arbolado, molestias y pérdida de estacionamientos. De ahí que el Gobierno municipal, además de calcular ingresos próximos a dos tercios de un millón de euros con la venta de plazas, agite el señuelo de sitios donde aparcar automóviles y motos bajo techo ante el empuje proyectado del tranvía. Aunque intuyo que los opositores a la locomotora y sus convoyes seguirán apostando por la vía muerta.

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