Los silenciosde Rajoy

El presidente del Gobierno no debería responder con evasivas en el Parlamento a un asunto tan espinoso como la corrupción

EL CORREO

La sesión parlamentaria de ayer, ajustada a un formato poco funcional, fue un acto parlamentario vacío, seguido con escaso interés por una opinión pública que ya entrevió por anticipado la inutilidad de la propuesta. La corrupción es la segunda preocupación de los españoles, por lo que nadie puede declarar extemporáneo un debate político de altura sobre esta lacra que acompaña y seguirá acompañando al país aún varios años hasta que se resuelvan judicialmente los casos abiertos. No es, pues, extraño que el presidente del PP y del Gobierno, Mariano Rajoy, haya tenido que responder más de cincuenta veces en sede parlamentaria a requerimientos sobre este asunto, que es una de las causas mayores del desgaste del partido gubernamental. Y el jefe del Ejecutivo debería ser consciente de que esta engorrosa recurrencia no es arbitraria sino una consecuencia de la deriva de su propia organización. Las restantes fuerzas, encargadas de la contradicción ideológica y del control del poder, cumplen con su obligación al reclamar responsabilidades en nombre de la ciudadanía que les ha efectuado este encargo explícito en las urnas. De ahí que Mariano Rajoy debiera encarar el mal trago con otro talante, menos arrogante y más condescendiente con una opinión pública que ciertamente no lo ha apartado del poder, pero que también le recrimina lo ocurrido.

El presidente del Gobierno ha salido jurídicamente indemne de los escándalos, pero lleva sobre sí un baldón político que no cabe ocultar. Y su pretensión de que el fracaso de la moción de censura presentada por Podemos le redime de anteriores responsabilidades políticas es inexacta: un gobierno ha de rendir cuentas aunque disponga de mayoría absoluta, lo que no es el caso, obviamente. Es cierto, de cualquier modo, que la sesión parlamentaria de ayer quizá pudo haberse celebrado en otro momento. Y también lo es que hubiese tenido más sentido llevar a Rajoy a la comisión parlamentaria sobre la corrupción que someterle a esta vistosa pero inútil liturgia. Sobre todo, en un momento del proceso político en que las fuerzas democráticas no tienen más remedio que renovar el consenso constitucional para enfrentarse a la crisis separatista que se avecina en Cataluña.

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