YO ME SIENTO EN CANADÁ

Si el acuerdo CETA es bueno para Europa y para el país canadiense, podría serlo más aún para Euskadi por su tipode empresa, industria, servicios y cultura institucional

Mikel Mancisidor
MIKEL MANCISIDOR

El Congreso de los Diputados aprobó ayer el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Canadá, más conocido como CETA. Es uno de los pactos comerciales más ambiciosos hasta la fecha. Se dice que es un acuerdo de nueva generación por la cantidad de temas incluidos y la profundidad técnica y jurídica de su regulación.

Un acuerdo es un equilibrio imperfecto entre lo que las partes ambicionan, lleno de renuncias mutuas e incluso incoherencias, que son el fruto inevitable de una dura negociación. A esto le debemos sumar la complejidad y amplitud de los temas y de los actores involucrados: Canadá es un Estado complejo con algunos fenómenos de cosoberanía y sobre la complejidad de la gobernanza europea no es necesario que les insista. Maravillosas complejidades ambas, por cierto, porque responden democráticamente a una historia y a una identidad que no pueden reducirse a un sistema constitucional simple, jacobino, unificado y fácil de entender desde fuera.

Es en esta gigantesca complejidad, llena de incertidumbres, que nos toca navegar asumiendo grandes márgenes de error. Nuestro futuro no cabe en un eslogan negativo y de rechazo. El futuro es mestizo, de soberanías cruzadas, simultáneas, que saltan fronteras, se enredan, entran en conflicto y se fertilizan. El reto es poner cierto orden en esa complejidad para que se promuevan principios básicos que sean universalizables, como los derechos humanos, la protección del trabajador y del consumidor, y el respeto al medio ambiente.

Con esos objetivos en mente, este acuerdo es a mi juicio razonablemente bueno, sin dejar por ello de tener innumerables problemas. Lo han negociado nuestros representantes elegidos democráticamente y no ajenos actores sirviendo oscuros intereses que desearán encadenarnos y emprobrecernos. Las negociaciones en la UE suelen tener tanta o más transparencia que la más transparente de las administraciones nacionales y suelen estar abiertas a formas de participación inauditas en la mayor parte de los sistemas nacionales, si bien se trata de temas y procedimientos complejos. Puede usted entrar en la página web de la UE para encontrar, junto a versiones simplificadas accesibles, toda la información original. Ante las toneladas de informes y normas el vértigo es comprensible, pero para eso elegimos a representantes que imaginamos preparados para ello. Algunos de estos parlamentarios se han trabajado los documentos y han explicado sin demagogia su voto según pasaban las diferentes fases del proceso (así lo ha hecho en su blog, por ejemplo, una eurodiputada vasca).

Este acuerdo no reduce derechos sociales o laborales, aunque sería deseable que los proclamara más explícitamente. Tampoco privatiza servicios públicos. No es verdad que se desproteja el sistema europeo de denominaciones de origen, de hecho es casi lo contrario lo que ocurre. Es cierto que no se ha conseguido que Canadá asuma la regulación europea, pero esto debería resultar obvio, de la misma forma que Canadá no ha conseguido que Europa incorpore su regulación, porque no se trata de una integración sino de un acuerdo entre diferentes.

Sin duda hay riesgos y costos. Habrá empleos que se pierdan en sectores menos competitivos, pero habrá otros que se creen en sectores que lo son más. Habrá más dura competencia en algunos ámbitos y nuevas oportunidades en otros.

Si el acuerdo es bueno para Europa y para Canadá, podría serlo más aún para Euskadi por su tipo de empresa, industria y servicios, por su identidad y por su cultura institucional. Somos además parte de la historia de Canadá desde que Red Bay o Bahía de los Vascos fuera declarada como primera instalación industrial de Norteamérica y un documento vasco el primero de su historia. Nuestra historia común se torna oportunidad de presente. Canadá es un país de soberanías compartidas incluso en el ámbito de la representación internacional y experiencias de bilateralidad. Tiene altos estándares sociales, laborales, medioambientales, de creatividad, conocimiento y tolerancia. Un país con el que podemos compartir, aprender y crecer mucho.

Contra este acuerdo está Marine Le Pen y sus socios europeos: su posición tiene una lógica que comprendo. Pero escuchar a gente de izquierda alegar al principio protección de soberanía nacional para rechazar la gobernanza de la globalización es desconcertante. Ese argumento podría haberlo entendido y compartido Arias Navarro, pero no debería ser un llamado que motive a un joven que tiene que participar en los retos del siglo XXI. Construir el futuro con conceptos clásicos de soberanía es como participar en las redes sociales con una máquina de escribir.

Si hay un político coherente en la batalla de la soberanía nacional y los empleos nacionales frente a la globalización ése es Donald Trump: ha denunciado tratados comerciales, ha salido del sistema global contra el cambio climático y amenaza con hacer lo propio con el sistema de derechos humanos.

Entro en el comedor. A un lado de la mesa están los campeones europeos del populismo de derecha y de izquierda con un cartel en que dice con la simplicidad e infalibilidad de lo incorruptible: #StopCETA. En el otro lado están, buscando imperfectos acuerdos, Trudeau, Macron, Merkel y los líderes de la UE con los que tenemos que construir un futuro embarrado de incertidumbres y errores. Yo no tengo duda en qué lado de la mesa busco silla y esforzado futuro para mis hijos.

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