Serpientes de verano

Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

La temporada estival, felizmente desaparecida ETA, es proclive a alimentar polémicas que, admitámoslo, copan titulares a los que en pleno curso político no podrían aspirar. Solo el año pasado, en el que la algarabía vacacional se vio violentada por la precampaña de las autonómicas, se difuminó esa sensación de hincarle el diente a una actualidad un tanto evanescente. El culebrón del verano fue la posible inhabilitación de Arnaldo Otegi como candidato de EH Bildu, que finalmente se produjo y tuvo su impacto en las elecciones. Pero en la memoria de todos está, por ejemplo, la sobreactuada esgrima PNV-PP hace ya tres años a cuenta de la financiación de los batzokis, una especie de prólogo dramático de su actual luna de miel en el que incluso amagaron con romper relaciones. En 1908 Julio Camba publicó una surrealista entrevista con un caballo para quejarse de la sequía veraniega del cronista político. Más de cien años después, en Euskadi siempre nos queda la izquierda abertzale para apagar esa sed.

Pero, a diferencia de otras serpientes de verano por ellos protagonizadas (txupineras, etcétera) en los escuálidos diarios de agosto, el ofidio de este año tiene su miga. Su enjundia política, se entiende. Porque funciona como metáfora perfecta de la perentoria necesidad de los partidos de achicar espacios al contrario para mantenerse a flote, sobre todo cuando otros se apropian, con éxito, de parte de su discurso tradicional.

Los equilibrios en el alambre que Sortu se está viendo obligada a hacer para ‘tragar’ con la campaña antiturismo de sus juventudes sin respaldar, si quiera de forma tácita, los actos violentos protagonizados por los cachorros de la CUP dan idea de lo necesitado que ese mundo está de banderas en las que envolverse. Cuanto más rojas (o moradas), mejor. Aunque eso les obligue a comulgar con ruedas de molino y desdecir hasta al diario de sesiones del Parlamento vasco, donde EH Bildu ha reconocido, hace poco más de un mes, que la saturación de visitantes no es una amenaza para Euskadi. Que no somos Venecia ni el nuevo reino de Airbnb, por más que defiendan, legítimamente, una regularización más dura del sector.

Lo de la ‘alfombra roja al turismo salvaje’ suena a hipérbole forzada por las circunstancias. Que, a saber, son las siguientes. Para empezar, la ya conocida necesidad de la izquierda abertzale de emular los giros podemitas para seducir a cierto electorado de izquierdas que no se moviliza con el consabido discurso sobre los presos, de consumo exclusivo de su parroquia más fiel. Y sobre todo, la competencia en el terreno netamente nacionalista con un PNV henchido de poder y al alza en las encuestas, un viento a favor que podría continuar este otoño si arrancan alguna jugosa transferencia a Rajoy en la reedición de la negociación presupuestaria. El hilo directo de Sabin Etxea y Ajuria Enea con La Moncloa podría propiciar que, llegado el momento, la sociedad vasca premiase a Urkullu por un eventual acercamiento de presos, un asunto que, en todo caso, quedará fuera del debate sobre las Cuentas. Pero Sortu sabe que ese momento, y el de la disolución de ETA, están próximos. Y necesita construir una identidad política para ese día después. ¿Con el pie derecho dentro del sistema y el izquierdo fuera? Parece la cuadratura del círculo.

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