La sentencia

Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

Dentro del tiempo, donde cabe todo lo que se ponga, se hablará del rescate de Cataluña. La región más próspera de España también ha sido la más insurgente. Sus motivos ha tenido, pero remontar el curso de la historia nos llevaría al mar, que es el morir, según el clásico, o de tener el agua al cuello, como afirman los periodistas que nos afanamos en ser historiadores del presente. Los doce magistrados del Tribunal Constitucional han rechazado el texto que le ha servido a Puigdemont para esgrimir el 1 de octubre su sueño loco y a contra historia de hacer de su Cataluña un estadito apartado de la madre que lo parió. Los estudios más solventes analizan el impacto económico del ‘procés’. Unas 800 empresas catalanas han cambiado su sede social en octubre, mientras desciende el número de turistas. ¿A dónde va Puigdemont de nuestros demonios familiares? Hace falta mucha tenacidad para conseguir que Cataluña forme parte de las regiones devastadas del futuro y, mientras se hace balance, nos estamos yendo todos a hacer puñetas.

El independentismo es la ruina. Lo sabemos incluso los que no sabemos nada de los intríngulis que Azorín llamó ‘el chirrión de los políticos’, aludiendo al palo mayor que ahora no sabemos dónde está, porque aguantamos palos y carretas y no sabemos cual es el más grande. «Lo que a todos afecta sólo puede ser decidido por todos», ha dicho el Tribunal Constitucional, mientras repasaba los destrozos ocasionados por la llamada ley del referéndum. Que nadie se pregunte dónde vamos a parar. Primero es parar a Puigdemont. A él no le duelen prendas, porque lo único que pretende es ser un mártir de la independencia catalana. Sería un error que lo consiguiera. Mejor meterlo en vereda que meterlo en la cárcel. A Rajoy no le van a quedar más opciones que esas dos. Y la primera ha fracasado.

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