La DUI de la señorita Pepis

Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Póngase usted en la piel de un independentista convencido y de buena fe. Ha acudido puntual y entusiasta a todas las Diadas, se ha gastado una pasta en esteladas, ha pintado pancartas con eslóganes de ‘Espanya ens roba’ y ‘Visca la República’, se ha desgañitado cantando ‘Els Segadors’, fue a votar el 1-O a riesgo de recibir un mamporro y celebró con entusiasmo la DUI en la plaza Sant Jaume el pasado viernes. Perfecto, un auténtico modelo.

¿Qué tiene hoy? Empezó a dudar cuando el jueves comenzó el baile de elecciones sí, elecciones no. De intermediaciones frustradas y de presiones exitosas. Luego le extrañó que el mismo viernes y tras celebrarse la votación no saliera nadie al balcón a proclamar nada de nada, ni a celebrar ‘res de res’. Le pareció raro que el sábado no hubiese ningún decreto en el Boletín Oficial dando el pistoletazo de salida a la nueva república y más aún cuando vio al expresident Puigdemont comiendo con unos amigos en Girona, en lugar de estar en la Generalitat dando los primeros pasos y tomando las primeras medidas. Es cierto que en el mensaje que envió, críptico como todos los suyos, parecía que las cosas estaban encaminadas. Pero también le pareció sorprendente que fuera televisado en diferido y desde un lugar desconocido en un marco irreconocible.

A pesar de recibir tan pocos esperanzadores síntomas, pensaba y esperaba que ayer se aclararía todo. Ahora ve, con tristeza, que los Mossos han aceptado a sus nuevos jefes sin rechistar, que Carles Puigdemont ha huido a Bélgica en donde quizás pida asilo, que todos los consellers han encontrado coartadas variadas para no aparecer por sus despachos, que Carme Forcadell ha cerrado el Parlament, que otras 140 empresas se fueron el viernes y vaya usted a saber cuántas más se marcharon ayer y que todos los partidos independentistas aceptan presentarse a unas elecciones de carácter autonómico, de acuerdo con la legalidad española y convocadas... por el mayor enemigo del proceso, el presidente Mariano Rajoy.

¿De verdad que esto es serio? ¿Los independentistas hablaban de esto cuando hablaban de Declaración Unilateral de Independencia? ¿A qué lugar ignoto han conducido a sus partidarios? ¿En qué punto estamos ahora? ¿A cuánto asciende el precio que pagará la economía catalana? La verdad es que todo el proceso ha sido una auténtica locura. Tuvo su momento de gloria cuando los mandos de la Policía Nacional y de la Guardia Civil -da la impresión de ser los únicos que se han creído que todo esto iba en serio-, se extralimitaron tratando de impedir una votación de pega. Pero luego las cosas se torcieron y el delirio se tornó en esperpento.

Ya solo falta que el expresident Puigdemont solicite asilo político en Bélgica, como se rumoreaba ayer. Pondría en un desagradable brete al Gobierno de este país. Si es un prófugo de la justicia, para obtener el asilo tendría que demostrar que su juicio en España no sería justo, y ¿cómo lo haría? ¿Cómo evitará que la Europol le detenga en virtud de un mandato judicial emitido por las autoridades legales y legítimas de un Estado miembro homologado sin discusión? Justo lo que necesita la UE. Si hasta ahora su causa solo ha encontrado desdén, en adelante encontrará disgusto y rechazo.

Nadie le pide que se inmole, ni que resista como los últimos de Filipinas, ni que emule a George Washington en su lucha contra el imperio opresor. Pero sí que se responsabilice de sus actos y que mantenga una mínima dosis de dignidad institucional. Es lo único que puede ofrecer ya a los suyos.

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