Los señores del tiempo

Antonio Rivera
ANTONIO RIVERA

En ‘El Consejero’, la novela de Cormac McCarthy que Ridley Scott llevó al cine, un abogado se mete en el negocio de la droga para ganar un dinero fácil. Cuando todo se complica acude aterrorizado al capo, al que implora que ponga fin a la situación. Este sentencia indolente: «Los actos generan consecuencias que generan nuevos mundos que son distintos. El mundo en el que usted pretende enmendar los errores que cometió es distinto del mundo en el que se cometieron los errores». Acaba mal.

Todo parecía recuperar el rumbo tras la pacífica aplicación del 155. Dos meses de tregua para recontar fuerzas en diciembre y volver a empezar desde otras casillas. Parecía lo mejor. Pero actuó la Justicia y lo puso todo patas arriba. Nadie está a gusto con la nueva situación, y menos los que menos protestan. ¿Debería el Estado haber mirado para otro lado? Eso le piden los que le animaron a aplicar el 155, pero también los mismos que hablaban de indulto casi sin proclamar la DUI o los que profetizaron que la huida de Puigdemont perjudicaba a sus compañeros.

Todos los que habían previsto lo que ha acabado pasando se mesan los cabellos sorprendidos e indignados. Le piden al señor del tiempo, al Gobierno, que devuelva la situación a un punto controlable. Si no, este no será un Estado de Derecho. Pero en un Estado de Derecho el control de los tiempos no está en unas solas manos; se reparte en varias para que se contrarresten y frenen la tendencia natural del poder a ser absoluto. Luego, no se puede afirmar en la misma frase que el Ejecutivo debiera haber impedido esta nueva situación y dudar de la condición democrática de nuestro actual sistema de gobierno. Después hay apreciaciones más afinadas sobre la idoneidad técnica de la resolución judicial o el papel de la Fiscalía, pero lo sustantivo es esto.

Los nacionalistas catalanes y sus acólitos izquierdistas españoles han vuelto al momento anterior al 155. Era el ‘error’ que esperaban del contrario para salir de su estupefacción de estos días. Vuelve la barra libre para pronunciarse y el olvido de todo lo que hicieron y que justificó esa intervención a la que no tuvieron argumentos que enfrentar. España vuelve a ser ese Estado fascista que humilla a Cataluña y esperan que un magistrado europeo así lo corrobore. Sin quererlo, la jueza les ha proporcionado el borrón y cuenta que pretendían. Han recuperado su ansiada condición de víctimas. Rajoy estará contrariado, pero sabe que no es el único señor del tiempo.

Esta ‘fiesta de pijamas’ se soporta en la irresponsabilidad. Por eso, el tiempo judicial es engorroso, porque actúa con la implacable lógica de cualquier poder. Si no lo hiciera así, no sería poder. Pero tampoco sería justo, porque su única legitimidad radica en que es igual para todos. El Poder Judicial no depende directamente de los votos. Por eso hemos confiado en los jueces, porque su autonomía les permite llegar donde el Ejecutivo y el Legislativo y todos los organismos de control manifiestan su incapacidad, precisamente por estar conchabados. Son los mismos, los que persiguen y meten presos a políticos que roban.

Seguro que no todos son ni decentes ni inteligentes. Seguro que yerran por doquier. Seguro que lo que ha hecho esta jueza tenía otras alternativas. Seguro que se ha excedido. Pero el principio de responsabilidad de cada ciudadano y el de división de poderes llevado a su extremo no deberían formar parte de los disparates que se oyen estos días. No sea que nos lo vayamos a cargar todo.

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