Señales de alarma

El mensaje real subraya la gravedad del momento, con un ’procés’ cada vez más radicalizado y la política fuera de tono

Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

El conflicto catalán emite cada vez más señales de alarma. Por el preocupante desarrollo de los acontecimientos en las últimas horas en el corazón del ‘procés’. Y por la desafortunada reacción de la clase política.

La oportuna decisión del Rey de dirigirse anoche al país lo subraya. España atraviesa ya la crisis más grave de la democracia, por encima del fallido golpe del 23-F, en que el Rey también compareció por la pequeña pantalla, al igual que tras los atentado del 11-M.

Felipe VI lo reconoció explícitamente al referirse a la «extrema gravedad» de la situación. El monarca cargó con inusitada dureza contra las autoridades secesionistas por su «absoluta deslealtad». «Se han situado totalmente al margen de la ley y de la democracia», enfatizó.

Además de apelar a la unidad y pedir tranquilidad a los ciudadanos, el Rey aseguró que se restablecerá el orden constitucional en Cataluña. «Son momentos muy difíciles, pero los superaremos porque creemos en nuestro país».

La aparición del monarca cerró una jornada en la que el independentismo catalán llevó a cabo un paro, que fue general, para rentabilizar otro día más las duras imágenes de la represión policial contra el seudoreferéndum del domingo. Instantáneas que han dado la vuelta al mundo y han debilitado la posición política de Rajoy.

El paro logró el éxito esperable en una sociedad como la catalana hipermovilizada desde hace años, pero en especial estas últimas semanas, por la ANC, verdadera punta de lanza del rupturismo. Pero la jornada ofreció sobre todo signos preocupantes de que los sectores más radicales del secesionismo amagan con tomar el mando del ‘procés’.

No sé si el president Puigdemont midió las consecuencias de la petición que hizo el lunes para que los policías y guardias civiles llegados a Cataluña para abortar el 1-O abandonen la comunidad. Era su obligación hacerlo.

Pues bien, ese ‘que se vayan’ que de alguna forma entonó el president está siendo aprovechado por el radicalismo para desplegar una intolerable campaña de persecución contra ellos. No solo. También contra el PP, Ciudadanos, la ‘prensa española manipuladora’ y contra los que alzan la voz contra el ‘procés’.

No diré que esta Cataluña, lanzada sí o sí hacia la independencia, se ha deslizado ya por la senda de la violencia de persecución que miles de personas sufrieron duranet años en la Euskadi de ETA. No sería justo. Pero ayer comenzaron a asomar signos más que preocupantes en tal dirección que si no se frenan se harán incontrolables.

Pese a semejante cuadro de situación la política española no ofrece muestras de saber estar a la altura. No lo ha estado durante una década, en que primó el interés partidario sobre la necesidad de encauzar el aún incipiente problema catalán, y en esas continúa.

En puertas de que el Parlament declare unilateralmente formalmente la independencia -puede que hoy se fije la fecha; anoche se barajaban el viernes 6 o el sábado 7- en base a un referéndum sin garantía alguna como el del 1-O, que apenas contó con una participación del 37% según el propio Govern, no parece que la postura del PSOE sea la más acertada. Que el primer partido de la oposición maniobre para acelerar el desgaste de un Rajoy tocado, pidiendo la reprobación de su ‘mano derecha’ por la horrible planificación del operativo contra el 1-O, o exigirle diálogo con quien sólo busca la ruptura resulta, amén de partidista, penoso.

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