sembrar y aguardar

Pedro Sánchez hizo ayer lo único que hoy está en su mano: saludar y coger turno para cuando al PNV no le interese pactar con Rajoy

Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

Hay reuniones de trabajo que se traducen en acuerdos inmediatos y otras cuyo objetivo es sembrar el terreno a ver si en un futuro llegan los frutos. Este último era, sin duda, el propósito del viaje que Pedro Sánchez realizó ayer a Vitoria.

La cosa estaba tan clara que el secretario general del PSOE no se molestó en disimular. En lugar de hablar con los periodistas al término de su cita con el lehendakari Iñigo Urkullu y con el presidente del EBB, Andoni Ortuzar, para desgranar las conclusiones de la cumbre, que suele ser lo usual, el plurinacional Sánchez quiso que el mensaje que quedara de su visita fueran las brevísimas declaraciones que realizó antes de la cita.

El primer líder socialista que se sucede a sí mismo tras sobreponerse a un golpe de estado interno repitió eso de que «dentro de España hay una nación que se llama País Vasco» (y otra que se llama Cataluña y hasta una tercera, Galicia). Y emplazó al PNV a que le acompañe en su plan para reformar la Constitución en clave federalizante.

¿La respuesta peneuvista? En privado, buena disposición. En público, ninguna.

¿Para qué? Casi siempre los hechos son mucho más elocuentes que las palabras. Y los hechos dicen que el PNV acaba de salvar al Gobierno Rajoy el techo de gasto para 2018, como hace unas semanas le salvó los Presupuestos para este 2017.

Eso sí, ambas a cambio de unas jugosísimas contraprestaciones políticas y económicas que el ‘status quo’ conservador hubiera puesto a caldo en la villa y corte de no haber sido por un pequeño matiz: que eran para salvar al Gobierno Rajoy. Entre ellas esa nueva Ley Quinquenal del Cupo que el miércoles se rubricó en Madrid, y que garantiza un lustro de paz fiscal entre las dos administraciones.

En otras palabras que el hoy plurinacional Sánchez vino a Euskadi a arar y sembrar la parcela jeltzale. Y a coger turno y esperar a ver si acaba pronto el actual idilio por dinero entre conservadores y peneuvistas para poder pensar en otras cosas.

Nada indica que ese movimiento vaya a ser inmediato. No, al menos, si el desafío del independentismo catalán al Estado se cierra el día 1 de octubre con un choque de trenes no deseable, pero incruento.

Que así ocurra no depende sólo de la pericia del Gobierno central para impedir que el referéndum ilegal se lleve a cabo. También resultará determinante la respuesta de los soberanistas catalanes al veto.

No es lo mismo que éstos acepten la derrota y se convoquen unas nuevas elecciones autonómicas. A que la respuesta pudiera ser, por ejemplo, la ocupación física de sedes institucionales, como la del Parlament, para que la bronca se prolongue en el tiempo y se convierta en noticia mundial de apertura de periódicos e informativos de televisión, como ayer volvieron a sugerirme en círculos independentistas.

La negociación del nuevo estatus y el maximalismo o no de las demandas jeltzales medirá las posibilidades de acercamiento entre PNV y PSE-PSOE. Los peneuvistas no se cansan de repetir que quieren un acuerdo entre las dos sensibilidades que coexisten en Euskadi y que, aún admitiendo su dificultad, ven más probable un pacto con los socialistas que con el PP.

Mucho que temo que si el PSOE no da otro volantazo político o bien el PNV rebaja sus pretensiones de partida, no habrá acuerdo. El hoy consejero Arriola dejó claro hace tiempo en estas mismas páginas de EL CORREO que «no será posible» un pacto con los jeltzales basado en la bilateralidad y en el derecho a decidir. Veremos.

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