Sátira demoledora

Parece que casi nadie quiere recordar ni reconocer que apoyó a ETA y jaleó sus asesinatos. Es lógico, pero también es mentira

JUAN BAS

Con la publicación de mi nueva novela había decidido pasar página y no volver a tratar ni en narrativa ni en artículos el denso y tóxico tema de ETA y sus aledaños. Sin embargo, voy a hacer una excepción parcial porque Borja Cobeaga me cae muy bien y porque creo que su reciente película ‘Fe de etarras’ (puede verse en Netflix) merece una elogiosa recomendación y que se hable de ella.

‘Fe de etarras’, feliz título que sintetiza a la perfección el espíritu de la película, es una lograda comedia que alberga una sátira demoledora. La eficaz sátira se centra en la decadencia de ETA, concretada o ejemplificada en los avatares domésticos de un patético comando que espera instrucciones en un piso franco durante los mundiales de fútbol que ganó la selección española. Más allá de la buena idea argumental de Borja Cobeaga y Diego San José, y de la trama del guión de este último, habitual compañero de escritura de Cobeaga, ‘Fe de etarras’ alcanza, por extensión y desde una conseguida ligereza nada inofensiva, a transmitir un sutil discurso entre líneas sobre lo que fue en esencia la larguísima lacra de ETA: despiadado y cerril fanatismo criminal, pero también autismo, endogamia, falta de cultura, escasa inteligencia y, sobre todo, absurda e inexplicable gratuidad.

‘Fe de etarras’ me parece de lejos la mejor película de Borja Cobeaga. A su logro ayudan las buenas interpretaciones de Javier Cámara, Gorka Otxoa, Miren Ibarguren, Julián López y el gran Ramón Barea en dos brillantes apariciones. La oportunidad de la película también creo que resulta idónea. Ya con cierta perspectiva temporal desde la derrota de ETA, asistimos a intentos de manipulación de la historia y de tergiversación del relato, como le gusta llamarlo al radicalismo abertzale; al sonsonete de que no hubo vencedores ni vencidos. No los hubo porque no fue una guerra más que en las cabezas de los fanáticos, pero sí se produjeron una derrota y especialmente una victoria: la de la civilización sobre la barbarie.

En el presente, parece que casi nadie quiere recordar ni reconocer que apoyó a ETA y jaleó sus asesinatos. Es lógico, pero también es mentira y conviene no olvidarlo; sin más. En la trepidante comedia satírica de Billy Wilder ‘Uno, dos, tres’ (1961), el secretario de James Cagney (el director de Coca-Cola en el Berlín Occidental) es un atildado alemán que se cuadra y taconea como en un tic cada vez que Cagney le larga sus aceleradas ráfagas de órdenes. Cagney le pregunta en un momento dado qué hizo durante la pasada guerra. El secretario responde con cara de inocente que estuvo toda la contienda de conductor del metro y que no se enteraba de nada de lo que pasaba fuera, ahí arriba. Cagney añade: «¿Y qué pensabas de Adolf?». El secretario le mira con extrañeza y concluye: «¿Adolf? ¿Qué Adolf?».

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