SARAO PREMIUM

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

El miércoles Unai Rementeria recondujo una laguna geoestadística comprensible («Desconozco cuántos pueblos, cuántos territorios hay en el mundo») para autofelicitarse por un éxito planetario: «Entre todos ellos, hemos conseguido que eventos como el ‘The World´s 50 Best Restaurants’ elijan Bizkaia para su gala anual». Fue una media verónica retórica. Solo el cainismo político explica que no se rompiesen allí mismo los junteros: «¡Olé!»

El diputado general tenía razón. Es difícil saber cuántos territorios hay en el mundo. Aunque en muchos de ellos organizar una gala gastronómica no debe de ser muy apropiado. Según el hambre que pases, un cocinero, con su gorro y sus locos requisitos de ingredientes, puede constituir una provocación mayor que un insulto directo. Aun así, solo en Europa hay 700 ciudades de más de 100.000 habitantes. El nuevo Bilbao (anexionándose metropolitanamente lo que haga falta) compite con todas ellas por la atracción del gran evento. Y el éxito es grande e irrefutable. Estamos a punto de dar por hecho que el alumbrado de gas dejó paso a la luz eléctrica como la feria de maquinaria industrial dejó paso al concierto de Madonna.

«Gusta mucho cómo somos, qué tenemos y qué ofrecemos», aseguró el miércoles Rementeria, ahuecando plumaje provincial. Luego anunció que faltaba «una gran guinda» en la «constelación» de eventos que Bilbao/Bizkaia merece. Se refería, ayer lo supimos, a la gala de los premios europeos de la MTV. Con sus divas refulgentes, sus héroes desdeñosos y su proyección planetaria en el horario de máxima audiencia, es sin duda un sarao del máximo nivel.

Lo que no sé es cómo va a terminar esto. Regresan nuestros líderes del mundo exterior y en lugar de una pieza de caza o la cabeza ensangrentada de un rival nos muestran, triunfantes, un gran evento. El posterior informe de impacto económico resulta tan homérico que insistir en la espiral de triunfo se antoja imprescindible. Después de lo de la MTV, yo me temo que igual no nos quedan muchos eventazos itinerantes que atraer. Y entonces quizá no quede más remedio que hacernos con los estables, deslocalizándolos. Sería raro y fascinante. El festival de Cannes en Bilbao. El concierto de año nuevo de Viena en el Arriaga. El Carnaval de Río (¡al fin!) junto a la ría.

Cataluña Catautores

Preguntado en la radio catalana por Serrat, Lluìs Llach adelantó un elogio españolísimo: «Ha hecho unas canciones cojonudas». Hoy ya no puede escucharse algo así sin que en tu cerebro comience a formarse un chisporroteante neón que parpadea: «Atención, adversativa en 3,2,1...». A favor de Llach, no dijo ‘pero’. Solo dijo ‘ara’. «Ahora, él ha sido siempre muy de obediencia socialista, lo ha sido toda la vida, no nos engañemos». Todo con cordialidad, concediéndole a Serrat el derecho a discrepar y subrayando lo amigos que han sido siempre. Pero ese ‘obediencia’... Y esa apelación a un ‘nosotros’ que señala al rival, excluyéndolo. Son muestras del sibilino cinismo sonriente que el indepentismo catalán añade al «narcisismo de la pequeña diferencia» que estudió Ignatieff. Con su humilde complejo de superioridad, Llach ejemplifica el peso del agravio. Dicho de otro modo: si el estado de sitio es real, no hay pueblo que saque niños a la calle.

Cuba ULTRASÓNICOS

Salman Rushdie dijo en el programa de Bill Maher que sentía que su escritura se había vuelto realista mientras que en el mundo todo era ya realismo mágico. Rushdie se refería a Trump. Y ayer el gobierno americano retiró a la mitad de su personal de la embajada en Cuba y recomendó a sus ciudadanos no viajar al país. ¿La razón? Unos «ataques acústicos» sobre sus diplomáticos. Llevaba hablándose de ellos semanas y el Departamento de Estado confirmó ayer «una gama de síntomas incluyendo afectaciones al oído y pérdida auditiva, mareos, dolor de cabeza, fatiga, problemas cognitivos y dificultad para dormir». Recuerda tanto a John LeCarre. Aquellos ataques a las embajadas en la Guerra Fría. El dato tremendo es que no han pasado dos años desde que Obama visitó La Habana. Obama y los Rolling Stones. Anduvo finísimo Mick Jagger cuando gritó: «¡Los tiempos están cambiando!» Y vaya si han cambiado. Justo en la dirección contraria.

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