Rumba catalana

El triunfo sinfónico de Petitet en el Liceo fue como la metáfora de una Barcelona mestiza, cosmopolita, tolerante e inolvidable

Enrique Portocarrero
ENRIQUE PORTOCARRERO

Debió de ser por lo menos un milagro que en pleno apogeo del ‘procés’ el Gran Teatro del Liceo llevara a su escenario un concierto de rumba catalana, esa música que no estimula precisamente la hiperventilación nacionalista. Pero el caso es que pocas horas antes de la DUI y del 155 subió al escenario del coliseo lírico ese icono del Raval que se llama Petitet, acreditado hijo de un palmero de Peret, para convertir con un impulso sinfónico su rumba urbana, agitanada y flamenquita en metáfora realista para descafeinar los mitos o la ficción y asentar la mixtura o la diversidad.

Y eso tuvo su valor, vaya si lo tuvo, porque al secesionismo no le venía nada bien la suma de diversidades palmeada desde los 50 por los gitanos del Raval, de Gràcia y de Hostalfrancs, con El Pescaílla y Peret a la cabeza o después con el Gato Pérez metiendo los ritmos afrocubanos, solo para enseñar a los señores catalanistas su tesis de que los gitanitos y los morenitos también podían ser los ases del compás. Ay Jalamandrú, como diría Peret, que entre un gordito y un flaco o entre un payo independentista y un gitano rumbero y español tanto monta, monta tanto. Además, quitarle a la rumba catalana la españolidad del lerele por un ‘procés’ de secesión exprés es como dejar a Girona sin butifarra con mongetes. Por eso mismo Petitet y su triunfo sinfónico en el Liceo con la rumba catalana fueron como la metáfora añorante de una Barcelona mestiza y diversa, urbana y cosmopolita, tolerante e inolvidable.

Política cultural Gasto cuestionado

Verdaderamente no se puede decir que el diputado general de Bizkaia haya triunfado con su idea de invitar a todos los vizcaínos mayores de edad a visitar de forma gratuita el Museo Guggenheim durante el mes de octubre. Lo digo porque de un lado la respuesta popular a su iniciativa ha sido escasísima, toda vez que solo cerca del 7,5 % de los 970. 023 invitados han aceptado su propuesta. Además, la tramitación de la invitación ha costado 346.000 euros, a lo que habrá que sumar los ingresos cesantes ocasionados en el museo y el agravio comparativo que se produce con respecto a los amigos del centro que apoyan con sus cuotas al museo. Por supuesto, el responsable foral podrá alegar de forma entusiasta que los vizcaínos se merecen ese gasto, dado que el museo se pagó y se paga con sus impuestos. Muy bien, sí, pero también se pueden argumentar algunas otras cuestiones. Por ejemplo, al diputado general se le podía haber ocurrido gastar ese dinero en alguna partida que difunda y fomente la cultura con más éxito, sobre todo cuando el presupuesto de Cultura es el de menor cuantía y jerarquía en el gasto foral. Algo paradójico, también, el que se aplique una medida de gratuidad en un museo público, cuando al mismo tiempo la cultura en las cuentas forales es solo una ‘maría’ que no se considera ni desde el punto de vista de su importancia social, ni tampoco desde la idea de que también constituye un factor potencial de crecimiento económico.

Música

Los límites del sonido

La música es el menos molesto de los ruidos. Tal vez, pero la frase atribuida a Napoleón sigue siendo injusta y excesiva al confundir dos conceptos distintos. Porque mientras el ruido solo es un sonido indeseable, en cambio la música organiza intelectualmente y con armonía ese sonido y encima es capaz de producir emociones. Por supuesto, esta distinción es subjetiva y siempre depende de cada uno. Más aún, ya sabemos que las normas europeas, estatales y hasta municipales son especialmente duras con el nivel sonoro de la música.

Viene todo esto a cuento del debate surgido en Francia por un decreto que pretende limitar aún más el nivel sonoro de la música en los festivales y en las discotecas. La razón que esgrime el legislador no es otra que la prevención de los riesgos para la salud de los ruidos y los sonidos amplificados. Según el mencionado decreto, no solo el nivel del sonido en discotecas, conciertos y festivales no podrá superar una media de 102 decibelios en periodos computados de quince minutos, sino que también todos esos centros deberán crear zonas de reposo auditivo e informar al público de los riesgos que conllevan los altos niveles de la música. Obviamente, la contestación ante el decreto alega que esta nueva limitación implicará una caída en la asistencia a los conciertos y a las discotecas, además de un freno inaceptable para la liberad y el disfrute psíquico de la música. Ya se ve, en fin, que todo depende del cristal con el que se mire la cuestión.

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