RONTEGI DOS

La Diputación impulsa una nueva conexión entre los márgenes de la ría

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

En el pleno de política general, Unai Rementeria sorprendió con un sintagma inspirado, misterioso, casi poético. El diputado general habló de la «Bizkaia inacabada». Sé que fue una traición al Gran Bilbao, pero yo quise ser al instante de esa nueva comarca. Me pareció un lugar tranquilo, nada enfático y hasta un poco procastinador. ¡Al fin una patria conveniente! Y lo estupendo que sería decirlo en los viajes, poniendo la mirada misteriosa y la voz como de Bunbury: «Vengo, uhhhh, de la Bizkaia inacabada».

No podrá ser. Lástima. El diputado general es un hombre pragmático. Tiene la cabeza llena de proyectos, números y desafíos. Y lo que quiere hacer con la Bizkaia inacabada es acabarla, aun sabiendo que siempre quedará «margen de mejora». Para empezar, quiere afrontar una de esas necesidades que adquieren entre nosotros una cierta inevitabilidad secular: la mejora de la conexión viaria entre los márgenes de la ría. Ayer las Juntas acordaron impulsar la construcción de una gran infraestructura que sirva a tal efecto.

En el pleno de política general, Unai Rementeria le dio al proyecto la categoría inapelable de «obrón» y lo definió como una vía de máxima capacidad entre márgenes: un «hermano para Rontegi».

Desde comienzos de los ochenta, el puente de Rontegi salva la ría entre Erandio y Barakaldo. Su longitud no llega a un kilómetro, pero en la vida cotidiana de Bizkaia su importancia es la de una sutura vital. Más de 150.000 vehículos cruzan ese puente de ocho carriles cada día. Además de con aligerar el tráfico, la necesidad de buscarle un hermano, o un gemelo, tiene que ver con el noble sueño de establecer alrededor de Bilbao un continuo urbano realmente metropolitano. Se habló en tiempos de encargarle a Rontegi un asombroso hermanito subfluvial, pero ya no se está eso. ¿Por el precio? Me gusta pensar que también por el trauma. Piensen en el viejo puente, tan gris y feúcho. La llegada de un hermano pequeño resulta siempre traumática. El recién llegado es una versión muy mejorada que transforma al primogénito en un ensayo. «¿Y este?», se preguntarán algunos de ustedes. Bueno, cierto: soy el hermano pequeño. Pero, créanme: estoy manteniendo sobre este asunto una objetividad férrea, legendaria, incuestionable.

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