respeto reverencial

ÁNGEL RESA

Por razones amistosas y de otra índole uno ha participado con gente ciega en cuchipandas y celebraciones de alto valor sentimental, bodas incluidas. Y el firmante de esta columna certifica que la carencia de vista enciende los sentidos restantes hasta límites que nos superan muy por arriba al resto de los mortales. Entre esas virtudes figuran la rapidez mental, la capacidad inteligente para tomarse en serio lo justo y una gracia que no se puede aguantar a la hora de contar chistes verdes que sonrojan a seres escandalizables. Probemos a realizar cualquier acto cotidiano con una venda debajo de las cejas y nos íbamos a enterar de lo que vale un peine si algún día lo encontrásemos a oscuras y palpando.

Siento un respeto reverencial hacia las personas sordas, a unas cuantas de las cuales conozco y sinceramente quiero. Y con todo ello admiro aún más a quienes les está vetada la contemplación de formas, relieves y colores. Me imagino anímicamente hundido sin los placeres de la conversación -hermoso y repleto de lógica, por cierto, el lenguaje mímico de los signos- y de la observancia. Y ahí anda esa gente, llena de arrojo, valor y entereza para explicarnos a cada momento la teoría de la relatividad. Al menos en lo que se refiere al calibre de las adversidades.

Todo cuanto facilite la ardua pelea diaria de los invidentes parece justo y necesario. También se entiende que los semáforos emisores del canto del grillo durante quince horas cada jornada molestan a los vecinos de pisos bajos que viven a su vera. Leo el vocablo ‘bluetooth’ en la noticia de la compañera y me asaltan los escalofríos del miedo que procura la ignorancia. Esto del analfabetismo funcional va a acabar con nuestra generación y las precedentes salvo que nos reciclemos con la antipática y vieja teoría por la que la tecnología (entonces la letra) con sangre entra. Creo que pediré consejo a los ciegos, muchos de los cuales me han demostrado que cuando voy ellos ya han emprendido el camino de vuelta.

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