Repugnantes y peligrosos

Seres mágicos y extraños forman parte de muchos cuentos tradicionales de Vizcaya. Los irachus, para unos cerdos peligrosos, para otros juguetones gnomos, cuentan también con su propia leyenda

IMANOL VILLA

Juan E. Delmas, en un artículo escrito en la revista Euskal-Erria, en 1880, señaló que en la carretera que enlaza la anteiglesia de Mundaca con Bermeo, a unos dos kilómetros de distancia de esta última, «hay un puente que apoya sus estribos en las dos vertientes de una colina cortada por un arroyo que se abre paso para echarse a la mar, allí vecina». Se le conocía como Puente de la Rosa pues a su derecha se levantaba una ermita bajo la advocación de Nuestra Señora de la Rosa. Sobre la historia de aquella pequeña iglesia, de la que ya el propio Delmas deja constancia de su desaparición, se sabe que en la antigüedad era un lugar al que acudían los enfermos de la piel para sanar sus males. Descrita por el historiador Ángel Zabala, la ceremonia purificadora consistía en dar una vuelta diaria durante ocho días consecutivos alrededor del rosal cercano a la ermita. El noveno día se daban nueve vueltas. Otro historiador, Antón Erkoreka, hizo referencia al mismo protocolo sanatorio que con el tiempo pasó a celebrarse en la iglesia de Santa Eufemia de Bermeo. Fuera en uno o en otro, no existen datos científicos que puedan avalar la efectividad del remedio, aunque bien es cierto que la ermita en cuestión se hizo muy popular entre las pobres gentes castigadas por los males dermatológicos.

Otra de las reseñas sobre la existencia de aquella pequeña capilla de la Virgen de la Rosa, la ofreció Iturriza que señaló que en 1779 fue reedificada en el camino a Mundaca. Sin embargo, fue Labayru el que centró más el origen cronológico del templo al señalar, en su crónica de 1488, su existencia. Hay una explicación sobre el mismo que, alejada de la razón, hunde sus raíces en las creencias populares ajenas por completo del mundo de la fe cristiana. Según esa tradición, el origen de la ermita de Nuestra Señora de la Rosa estaría unido a la existencia de unos seres malignos conocidos como los irachus. Tal y como señaló Juan E. Delmas, «en la barranca, y bajo el vetusto y ojival puente, habitaban los irachus, pequeños y asquerosos cerdos, que, tan pronto como anochecía, se derramaban por aquellos contornos en busca de caminantes». Llevaban un pequeño farol colgado del rabo y tenían tan mala idea que atacaban por todos los lados al caminante que tenía la desgracia de toparse con ellos. Era tal el terror que provocaban los irachus que, cuando caía la noche, nadie quería permanecer en los valles y mucho menos en la cercanía del puente. Todos se marchaban a sus casas y allí esperaban a que se disiparan las tinieblas.

Como en muchas leyendas de este tipo, la que recuperó Delmas está protagonizada por una bella muchacha. De nombre Inés, aquella joven bermeana destacaba por su bondad y gentileza. Humilde pero rica en virtudes, Inés era la más pretendida por los mozos del pueblo, los forasteros que allí recalaban y hasta por muchas otras chicas que buscaban su amistad y compañía. Sucedió una tarde de verano que Inés regresaba a su casa cargada con un pesado haz de espigas. Cerca del puente de la Rosa, la buena muchacha resbaló, cayó por el barranco y se dio un fuerte golpe en la cabeza. Tras un tiempo sin sentido, se despertó al anochecer. «Meditaba la pobre Inés sobre la triste situación en que la casualidad le había colocado, y oraba con ardentísima fe de su espíritu, cuando sintió a su lado un estridente y prolongado gruñido». Allí estaban.

Por las dovelas inferiores del arco del puente surgió un irachu con su farolito encendido en el rabo. Después salió otro, y luego otro, y otro, y muchos más hasta llegar a cientos. Inés estaba aterrada y sólo deseaba que aquellos seres no la descubrieran. De repente, tras escucharse un horrible grito, pudo vislumbrar una figura humana que lentamente se aproximaba a la legión de irachus. «Era un enano. Vestía el traje usual de la época, y su cara, circuida de una espesa barba blanca, no tenía nada de repugnante». El enano revisó a todo el grupo de cerdos y dio una palmada, señal esta que sirvió para que todos menos uno se alejaran monte abajo. Después, el enano y el irachu que le acompañaba volvieron a introducirse en el puente. Asombrada por lo que había visto, Inés agradeció la protección a la Santísma Virgen y tras unos momentos de duda decidió marchar de aquel maldito lugar no sin antes acumular un montón de piedras sobre la dovela por donde habían salido los extraños seres. Antes de marchar, cortó una rosa blanca de un rosal cercano tras dar gracias a María.

«Pasados a cuchillo»

De vuelta a casa, Inés contó a todos lo sucedido y les propuso acabar de una vez por todas con los irachus. Familiares y amigos secundaron su propuesta y se dirigieron hacia el puente encabezados por la muchacha que portaba la blanca rosa que había cortado. La comitiva coincidió con la retirada de todos lo cerditos que regresaban a su hogar antes del amanecer. «Al verlos la bermeana hueste, acometióles con ímpetu tan vigoroso, que a pesar de no ser flojas las garras y los dientes de los irachus, todos fueron pasados a cuchillo, dejando regado el campo de negra y asquerosa sangre». Desde el interior de puente surgían alaridos espantosos y terroríficos del jefe de aquella asquerosa grey, pero por mucho que se empeñó en salir, no pudo. El agujero estaba bien cerrado por fuera. No pudo remover las piedras que Inés había colocado contra la dovela. Desde entonces los irachus desaparecieron y desde entonces también data la construcción de la ermita de Nuestra Señora de la Rosa.

Con el tiempo, tanto la ermita como el puente desaparecieron. Sólo el torrente y la barranca se mantienen. ¿Y los irachus? Todavía hay gente que teme encontrarles al anochecer sea bajo la forma de cerdos, de duendes o de gnomos. Es la fuerza de la tradición, enemiga de la razón pues como el propio Delmas escribió en 1808 «la ignorancia es la que sustenta estas invenciones absurdas, que todo espíritu culto y religioso está obligado a borrar de los cerebros enfermos o calenturientos».

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