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Nos hallamos ante una repetición de la jugada, una vuelta a la casilla de salida

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La astuta maniobra de convocar unas elecciones autonómicas anticipadas, tan elogiada, le ha salido al presidente del Gobierno por la culata. No sólo ha conducido a la irrelevancia parlamentaria a su partido en Cataluña, sino que ha puesto otra vez en las manos que menos deseaba, las de Carles Puigdemont, una mayoría absoluta de los independentistas en la Cámara. Cierto es que los vencedores han de solventar algunas cuestiones logísticas no menores, entre ellas cómo hacer funcionar una mayoría parlamentaria y un Gobierno con una parte nada desdeñable de sus miembros huidos o en prisión; pero la resolución y el desparpajo que ya han exhibido en anteriores ocasiones minimizan esos obstáculos. Cuestión aparte será el recelo que se ha instalado entre unos y otros, desde que una fracción del Govern cesado en virtud del 155 puso tierra de por medio mientras los demás se quedaban a apechugar con las consecuencias de haber infringido la ley en defensa de sus convicciones. Ahí es donde tienen su mayor escollo, no en un reglamento parlamentario que pueden reformar y que no dudarán en retorcer a su conveniencia.

Todo parece indicar que nos hallamos ante una repetición de la jugada, una vuelta a la casilla de salida que no se presenta bajo los mejores auspicios. Los independentistas insisten, de momento, en la vía que los llevó a la intervención y el descarrilamiento; el Gobierno central se atrinchera en su rechazo inicial, con la circunstancia añadida de un proceso penal que avanza a velocidad de crucero y que, vista la tipificación de las conductas, no va a seguir un curso que afloje la tensión o propicie un remedio, sino todo lo contrario.

Y sin embargo, nada puede volver a suceder de la misma manera. No cabe imaginar que quienes se estrellaron contra el arrecife del Código Penal vuelvan a poner proa hacia él, para aumentar la lista de los imputados y hacer casi imposible el entendimiento. Tampoco puede perseverar el Gobierno central en la estrategia de quietud que ha propiciado la putrefacción del asunto, con grave descrédito del país, perjuicio notorio a la economía y fractura social, tanto en lo que se refiere a Cataluña como al conjunto de España. Cuanto antes se defina un posible campo de encuentro, que sólo cabe extender desde la renuncia a los máximos y la creación de nuevos espacios de diálogo y debate de diferencias, antes nos libraremos de esta penosa sensación de andar como Sísifo, subiendo a lo alto de la montaña una piedra que vuelve a rodar una y otra vez ladera abajo.

Hace falta tener más imaginación, hace falta más generosidad, hace falta aceptar que la realidad es incómoda para todos, pero es sólo en sus angosturas donde podemos plantar una tienda que nos cobije de esta intemperie que ya viene durando demasiado tiempo.

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