Un registro de imanes

La lucha contra la fanatización deben llevarla a cabo, además de los servicios de inteligencia y cuerpos de seguridad, los propios ciudadanos

EL CORREO

La Comisión permanente del Congreso se reunió ayer con un asunto estrella, la petición de comparecencia de Rajoy para dar explicaciones por el 'caso Gürtel', pero finalmente alumbró una cuestión polémica, que habrá que meditar y debatir sin demora: la creación de un censo de imanes, que la Comisión Islámica de España se ha comprometido a elaborar.

El asunto es delicado porque las creencias religiosas pertenecen al dominio privado y gozan de protección del artículo 16 de la Constitución que garantiza «la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley».

La religión musulmana ha de disfrutar, pues, como todas las demás, de plena libertad y autonomía para su desenvolvimiento. Sin embargo, es un hecho que, entre los creyentes musulmanes, se ha infiltrado una corriente radical, la salafista, que no puede ser tolerada por el Estado de derecho ya que difunde un disolvente discurso de odio que fanatiza a las personas y promueve el terrorismo.

Es, pues, legítimo que tanto el Estado -y sus servicios de seguridad- como la comunidad musulmana mantengan bajo control esta desviación, que constituye una amenaza para todos y que los propios musulmanes, en su inmensa mayoría, desea aislar y erradicar. Este objetivo puede justificar la existencia de un registro, que impida el adoctrinamiento clandestino sobre todo de los jóvenes, y que en modo alguno puede concebirse como un censo de sospechosos: más bien ha de ser una garantía interna de los propios musulmanes.

De cualquier modo, la radicalización que una vez más ha desembocado en una gran tragedia no es un hecho propiamente religioso sino una desviación sectaria, delictiva y enfermiza del ascendiente sacerdotal de que disfrutan quienes son clérigos o están investidos, con merecimientos o sin ellos, de cierta autoridad moral.

Por ello, la lucha contra la fanatización deben llevarla a cabo los propios ciudadanos, denunciándola sin contemplaciones, y, por supuesto, los servicios de inteligencia y los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. En esto, el censo puede ser una gran ayuda.

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