Reforma ineludible

La Constitución de 1978 necesita una revisión que no se puede frustrar por las dificultades para alcanzar un consenso

Reforma ineludible
ELCORREO

La Constitución de 1978, que cumplió ayer 39 años de vigencia, se enfrenta al mismo tiempo a la necesidad de actualizar su articulado y a las extraordinarias dificultades políticas que entraña su reforma. Estas últimas están postergando la revisión del texto consensuado y refrendado hace casi cuatro décadas tanto por la renuencia del partido en el Gobierno a iniciar el debate como por las propuestas divergentes que formula el resto del arco parlamentario. Resulta casi disuasorio intentar una reforma capaz de conciliar la impasibilidad del PP de Rajoy con la alternativa federalista y de derechos sociales del PSOE, el propósito constituyente de Podemos, la resistencia al consenso de las fuerzas nacionalistas e independentistas, y la más cautelosa posición de Ciudadanos. La descripción de posturas tan discordantes entre sí invita a la renuncia a revisar la Carta Magna. Pero ni siquiera tal cúmulo de dificultades partidarias debería convertirse en impedimento para un diagnóstico compartido sobre lo que resulta imprescindible o merecería la pena cambiar en la letra constitucional. Es improbable que el independentismo catalán, pese a la aparente modulación de su discurso tras la fallida intentona secesionista y la intervención de la Justicia, se avenga a un diálogo propicio para perfilar con más detalle el modelo territorial en la Constitución. Tampoco es fácil que las mayorías soberanistas que gobiernan Euskadi y Navarra participen activamente en la reforma cuando, como poco, aspiran a unas relaciones bilaterales con el Gobierno central. Pero ello no puede anular la discusión respecto al futuro del Estado constitucional. Obliga, si acaso, a que las principales formaciones parlamentarias realicen un particular esfuerzo por exponer sus respectivos puntos de vista, ahorrándose en lo posible lemas partidistas e imprecaciones hacia los demás a cuenta de una tarea tan delicada. Asistimos desde hace tiempo a una crisis constitucional que amenaza con atenazar al país, empezando por sus instituciones, y que pone en solfa la naturaleza autonómica del Estado. Una crisis que hasta ahora ha impedido afrontar la notoria incapacidad de las principales fuerzas políticas para sellar un acuerdo. La Constitución de 1978 puede dar mucho más de sí. Pero siempre que se aborde su reforma de manera razonada y decidida. Resulta excesivo y hasta impropio exigir un consenso de partida. El acierto está en alcanzar un consenso en el punto de llegada.

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