REFLEJO CONDICIONADO

Iparraguirre desconfía de la peatonalización

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Por el bardo Iparraguirre solo puede sentirse simpatía. Aquello sí que fue un cantautor. Con catorce años estaba huido de casa y defendiendo el Antiguo Régimen junto a los alabarderos de Don Carlos. No supera eso Johnny Cash. Con veintiocho años, donde estaba Iparraguirre era en París, pero no en el Olympia sino en las barricadas de 1848 cantándoles ‘La Marsellesa’ a los franceses. El gesto no impidió que terminasen expulsándole de Francia. Los franceses. Concretamente, los revolucionarios. Por subversivo. Eso no lo supera Manu Chao.

Lo confieso: siempre he mantenido la difusa esperanza de que a uno le influya el nombre de la calle en la que vive. Es la clase de creencia que cultivas en secreto y nunca compruebas porque sabes que lo estropearás todo. Pero me gusta pensar que los residentes en Músico Arambarri silban de fábula. O que los vecinos de Blas de Otero encadenan endecasílabos sin saberlo: «Voy con prisa, Carmelo, pierdo el metro». O que en una junta de propietarios de Doctor Fleming alguien se daría cuenta un día de que no es normal que en el edificio todo el mundo sea microbiólogo.

Siguiendo este particular modo de ver las cosas, yo a los vecinos de Iparraguirre les atribuía conocimientos musicales, luengas barbas líricas y una predisposición feroz a la aventura. Por eso imaginaba que el clásico proyecto municipal de peatonalizar algunos tramos de su calle les parecería bien, aunque sin entusiasmo. Una mejora en las aceras tampoco es una revolución. Sin embargo, sucede lo contrario. Los vecinos de Iparraguirre temen la peatonalización como se teme una plaga bíblica. Creen que implicará la proliferación salvaje de terrazas. «Pues no le gustaban al bardo los garitos», piensa uno abandonando sus teorías urbanísticas.

No importa que el Ayuntamiento insista en que solo se trata de conectar mejor la zona del Guggenheim con la de la Alhóndiga. Tampoco que el actual equipo de gobierno no sea precisamente el mejor amigo de las terrazas en la ciudad. En Iparraguirre no se fían. Prefieren los coches y las aceras estrechas. Un poco por lo de lo malo conocido y otro poco porque en esta ciudad que envejece el instinto vecinal ha desarrollado el reflejo condicionado de defenderse. Así que el romántico Iparraguirre se sitúa contra los peatones. Quizás incluso a guitarrazos.

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