Reescribiendo la historia

Lo sucedido con la memoria de la Guerra Civil en Euskadi no invita a ser optimistas sobre un relato lo más ajustado a la realidad en torno a ETA

Santiago de Pablo
SANTIAGO DE PABLO

Recientemente, Raúl López Romo señalaba en EL CORREO el peligro de que los bulos sobre la historia de ETA terminen sustituyendo a la realidad. Hay bulos que nacen sin que se sepa su origen; en otros casos, hay una construcción interesada, casi siempre con fines políticos. Tras el final del terrorismo de ETA, el relato de su historia se ha convertido en una auténtica batalla. Aunque se trate de hechos muy distintos entre sí, lo sucedido con la memoria de la Guerra Civil en Euskadi no invita a ser optimistas sobre la extensión de un relato lo más ajustado posible a la realidad en torno a ETA.

Por ejemplo, el 2 de julio se celebró en el municipio alavés de Legutio una nueva edición del Albertia Eguna. El monte Albertia fue escenario de un cruento combate, al inicio de la batalla de Villarreal. El Ejército vasco (básicamente batallones de ANV y de la CNT) avanzó el 1 de diciembre de 1936 desde el Albertia hacia Villarreal, pero al día siguiente fue derrotado por tropas franquistas. Su actuación ha sido calificada de «heroica», pero el resultado fue un «desastre total», sufriendo muchas bajas. Acción Nacionalista Vasca, un pequeño partido abertzale de centro-izquierda creado en 1930, convirtió al Albertia en su lugar de memoria por excelencia. Durante el franquismo, militantes o familiares de los gudaris caídos acudían allí clandestinamente para rendirles homenaje.

Al reaparecer ANV en la Transición, este partido institucionalizó desde 1978 el Albertia Eguna, que cada año recuerda a los combatientes de este partido. Pero, como ya demostró en su momento Jesús Casquete, desde que ANV se integró en Herri Batasuna el mensaje del acto se modificó: siguiendo un lema acuñado por Telesforo Monzón, ya no se trataba solo de honrar a los gudaris de 1936 sino también a los «gudaris de hoy», es decir, los miembros de ETA.

Podría pensarse que a partir de 2011, tras el anuncio del cese de la ‘lucha armada’, ese empeño en reivindicar a los etarras como supuestos herederos de los auténticos gudaris, desaparecería. En efecto, en estos últimos años el mensaje se ha modificado ligeramente, para adaptarlo a las nuevas circunstancias. Aunque han seguido apareciendo carteles a favor de los presos, se pone el acento en la memoria histórica de la Guerra Civil y de ETA. Así, el Albertia Eguna de 2014 fue una «reivindicación de la lucha y la trayectoria del conjunto de la Izquierda Abertzale» y sus «casi 80 años de lucha ininterrumpida». Pese a no reivindicar ya la necesidad de la lucha violenta, la historia de ETA queda de nuevo blanqueada, al enmarcarse en un conflicto entre el País Vasco y España, que arrancaría de la Guerra Civil, cuando no, como sucede en otras ocasiones, de la Edad Media.

Los discursos del último Albertia Eguna son muy significativos. En él se criticó al PNV y al PSOE por «ocultar la historia», haciendo ver que Euskadi había luchado en 1936 por una «República democrática y parlamentaria», y no por la «revolución social»: «Ocultan la historia y nos roban, a los verdaderos herederos de la sangre vertida, la epopeya de revolución social que nuestros gudaris, junto a los batallones libertarios, los milicianos, las brigadas campesinas, las brigadas internacionales sostuvieron contra ejércitos profesionales y contra políticos entreguistas. Hoy nos siguen entregando al pueblo trabajador vasco a cambio de trenes de alta velocidad y prebendas de gestión pública».

La versión que se ofreció de los años treinta, plagada de errores, no tiene desperdicio. Por ejemplo, «en 1934 la República, en las manos del fascista Gil Robles, masacró la Revolución Social de octubre, masacre que en Euskal Herria se dio con la complicidad del PNV. En 1934 los trabajadores vascos sufrieron la masacre del ejército, incluso bombardeos en Galdames y en la zona minera, pero solo se habla del bombardeo de Gernika», erróneamente conmemorado «como símbolo de la paz, cuando es símbolo de terror para anular toda voluntad de resistencia del pueblo. Los documentos históricos de aquel octubre han recogido los nombres de 41 muertos».

En realidad, ni Gil Robles era ‘fascista’ ni el PNV fue cómplice en la represión. Además, la zona minera no fue destruida, como Gernika, por un bombardeo aéreo, como parece darse a entender, hasta el punto de que ahí no hubo ni un solo muerto en octubre de 1934. De hecho, la cifra de fallecidos en Euskadi incluye varios asesinados por los revolucionarios y policías muertos en enfrentamientos. Si la República empleó la fuerza para reprimir el movimiento, muchas veces de forma excesiva, fue porque en algunos lugares no fue una huelga pacífica sino una revolución armada contra el poder legítimamente constituido, salido de unas elecciones democráticas. Ello no impide reconocer que la dura represión fue, entre otras cosas, contraproducente para el centro-derecha, pues sirvió para reforzar a la izquierda, vencedora en las elecciones de 1936.

Se afirmó también que «el golpe de Estado fue un golpe de género», olvidando que el porcentaje de mujeres asesinadas en la retaguardia vasca republicana fue, tal y como han demostrado las investigaciones recientes, mayor que en la franquista; o la participación activa de mujeres voluntarias a favor de la sublevación, que en el País Vasco fue especialmente importante, dado el alto número de margaritas carlistas. Por último, se explicó que «la burguesía nacionalista vasca fraguó la rendición de Santoña», donde «una parte del ejército vasco, todos menos ANV, se rindió oficialmente a los fascistas italianos. Allí mismo los italianos fusilaron como mínimo mil prisioneros». Da igual que un buen número de gudaris de ANV se rindieran en Santoña, que fueran los batallones de izquierdas los que continuaron mayormente la lucha en Asturias y que los italianos no fusilaran a nadie (de hecho, tampoco los franquistas ejecutaron a mil presos vascos en Santoña). Lo importante es no permitir que la realidad histórica te estropee un buen mito, con la esperanza de que, a fuerza de repetirlo, el bulo se convierta en verdad.

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