recuperar el empleo

El pasaporte hacia la plena ocupación reside en una revolución cultural que multiplique la competitividad de los trabajadores

Manfred Nolte
MANFRED NOLTE

Basta con repasar los últimos 'barómetros' del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), para demostrar que para los españoles encuestados, carecer de empleo representa el problema social más grave, a gran distancia del segundo.

El paro frena nuestra producción potencial, representa una perniciosa infrautilización de recursos y mide la gente que quiere trabajar remuneradamente sin lograrlo. No todas las causas por las que una persona activa se halla involuntariamente ociosa son iguales. El paro posee varias caras y aunque ninguna es benevolente, una es especialmente repulsiva.

La ley de Okun nos enseña que cuando crece la actividad económica también mejora el empleo y a la inversa, cuando la coyuntura es adversa y el PIB se adentra en terreno negativo, el empleo se destruye proporcionalmente a la amplitud de dicha caída. En ambos casos, actividad económica y empleo están sujetos a una relación cíclica o coyuntural, de modo que los desempleados registrados en una fase de recesión tienen un carácter cíclico. Es igualmente cíclica la recuperación del empleo en época de expansión económica. Desde el primer trimestre de 2013 hasta hoy se han rescatado aproximadamente 2,5 millones de empleos, que en principio tienen el carácter de cíclicos o coyunturales.

El verdadero problema surge al afrontar el llamado ‘paro estructural’ y con él la capacidad de la economía española para recuperar un nivel de ocupación decente, adecuado con nuestra pertenencia a Europa y a la reputación de España como país desarrollado. Los 6,2 millones de parados de 2013 (tasa de paro del 26,94%) se han reducido hasta 3,7 millones (tasa de paro del 16,38%) al día de hoy. Pero lejos quedan aún los registros del segundo trimestre de 2007 con 1,7 millones de parados y una tasa del 7,93%.

La pregunta crítica es, si puede seguir reduciéndose el nivel del desempleo actual.

Si atendemos al Gobierno de la nación, las previsiones enviadas a Bruselas en el Plan de Estabilidad 2017-2020, contemplan una rebaja de la tasa de paro de hasta el 11,2% al final de dicho periodo, una caída de 16 puntos en el nivel de desempleo en relación al peor momento de la crisis, en 2013, aunque lejos de los mínimos de 2007. No obstante, estos objetivos chocan de lleno con algunos estudios publicados recientemente, en particular con uno de la Comisión Europea que cifra nuestro paro estructural en el entorno del 16% de nuestra población activa, apenas unos millares de recorte adicional sobre nuestro desempleo actual.

El desempleo estructural es independiente de la evolución del ciclo y representa un desajuste insalvable a corto plazo entre la oferta disponible de los trabajadores en paro y los requerimientos que los cambios tecnológicos y otros imponen a la demanda del empleador para incrementar su producción. Entre estos figura la falta de cualificación de la mano de obra ociosa e igualmente del insuficiente atractivo ofrecido por el marco laboral, fiscal o social que desalienta la nueva contratación.

El desempleo estructural se identifica en la literatura económica con una tasa que no provoque aceleración de salarios o inflación (NAWRU, o NAIRU en sus acrónimos ingleses, respectivamente) en condiciones de equilibrio de mercado. También se identifica con una tasa ‘natural’ de desempleo.

¿Existe alguna vía de escape al dilema planteado? A corto plazo, la tasa de desempleo podría descender por debajo de la tasa estructural en un escenario de repunte inflacionista o si algunos sectores de reducido valor añadido se viesen agraciados con una nueva aceleración. En particular el autoempleo y crecimientos significativos en el PIB turístico o de la construcción alentarían una rebaja del paro estructural. Alternativamente, la contratación pública abre una espita a la creación de empleos por criterios no estrictamente sujetos a las reglas del mercado.

A medio plazo, sin embargo, otros factores habrán de jugar un rol más importante. Más allá de la flexibilización del mercado de trabajo o de su acompañamiento con beneficios fiscales, sociales o monetarios, el principal pasaporte hacia la plena ocupación se halla en una revolución cultural en el más amplio de los sentidos que multiplique las habilidades y la competitividad de los trabajadores, adelgace la oferta productiva del país y consiga, por el tirón de una demanda adicional, promover la contratación de nuevos trabajadores.

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