La realidad y las realidades

Reconocer la fuerza de los hechos es necesario para definir con claridad cómo se debe luchar contra lo que parece contra derecho e irracional, pero sin perder de vista la meta de ir transformando los hechos en derecho

Joseba Arregi
JOSEBA ARREGI

Seguro que alguien ha tenido ya la idea de intentar describir toda la historia de la filosofía como un esfuerzo fracasado de definir qué es y en qué consiste la realidad. Es probable también que los que más seguros parecen estar de lo que es real sean los científicos: las leyes de la naturaleza, lo que se puede cuantificar, lo que funciona, la secuencia de causalidades mecánicas y lineales, lo que se demuestra en y por medio de experimentos, lo aceptado por la comunidad científica, el lenguaje del genoma de cada especie. Pero abandonando el ámbito estricto de la ciencia, en el que no caben los dogmas aunque lleven el nombre de científicos, la realidad empieza a convertirse en algo más deletéreo.

Y sin embargo en cuestiones y problemas como el propuesto por los nacionalistas catalanes no pocos comentaristas recurren a la realidad para decir, después de argumentar claramente la ilegalidad de las últimas leyes aprobadas por el Parlamento de Cataluña, que muchas veces la fuerza de los hechos se sobrepone a la fuerza del derecho, o que aunque no se celebre el referéndum el día 1 de octubre, seguirá existiendo la realidad de lo que pretenden los nacionalistas catalanes. Y afirmando que esa realidad no desaparece por el argumento de que no tienen razón.

A primera vista es un argumento con mucha fuerza: es cierto que en la historia muchas naciones y estados han surgido por la fuerza de los hechos y no a partir de la fuerza del derecho. Los nacionalistas acostumbran a decir que los estados nacionales existentes son fruto de la sangre y el semen, de las guerras y de las políticas matrimoniales entre dinastías reales. Es decir: el punto de partida de los estados nacionales en Europa es el resultado de contingencias históricas. Y nada que sea resultado de la historia, producto de la historia puede reclamar carácter de absoluto y necesario. Por otro lado, también es cierto que hay realidades sociales que no siempre responden a la idea de lo que debiera ser. Se puede criticar al nacionalismo, cualquiera que sea, pero no por ello se puede negar su existencia. La diferencia entre lo que es y lo que debiera ser parece que es uno de los ‘dogmas’ indiscutibles de la cultura moderna, de la modernidad.

Nadie puede impedir, sin embargo, que se analicen ambos argumentos. Es una obviedad que todo lo que existe en la historia, de facto, es producto de la misma historia. Aunque habría que dejar un espacio abierto a que en la historia aparezcan ideas y realidades que no se puedan reducir en su totalidad a sus condicionamientos históricos. Por ejemplo la idea de los derechos humanos, la idea de la libertad de conciencia, la idea de la inmunidad de la dignidad humana -que es como formula la Constitución alemana su valor fundamental-.

Pero también es cierto que la historia misma ha ido produciendo realidades como son los estados que han alcanzado la capacidad de crear espacios de seguridad y de libertad para quienes los habitan, y que también ha llegado a que algunos estados hayan alcanzado la meta de constituirse en estados de derecho dando el paso de someter la contingencia histórica a las exigencias del imperio del derecho, potencialmente universal, es decir, no sometido en todo su significado y valor al condicionamiento histórico.

En el caso del nacionalismo catalán lo que éste pretende es crear de hecho una realidad histórica contingente abandonando otra realidad que ha alcanzado a someter su condicionamiento histórico al imperio del derecho superando así en parte su realidad de ser simple hecho histórico. No es que en la historia no se hayan dado pasos atrás: hay muchos ejemplos de lo contrario. No es que España no sea fruto de hechos históricos contingentes, es decir, no necesarios, hechos que podían haber sido de otra manera. La cuestión es analizar si es racional y legítimo abandonar el espacio de lo que ha alcanzado categoría de realidad de derecho para dar paso a la fuerza de un nuevo hecho histórico, retroceder en la historia. Los acontecimientos recientes -y quienes argumentan sobre la fuerza de los hechos por encima de la fuerza del derecho lo constatan- ponen de manifiesto que el nuevo hecho no se basa precisamente en la fuerza del derecho, que es muy difícil legitimarlo en la fuerza del derecho (por ejemplo Javier Tajadura recientemente).

Algo parecido sucede con la fuerza de la realidad. Guste o no guste, existe la voluntad nacionalista de muchos catalanes, y esa voluntad no va a desaparecer por mucho que sea criticada desde postulados racionales y de derecho. Cierto. Como también es cierto que ni la corrupción, ni el fraude fiscal, ni la violencia machista, ni las injusticias sociales ni las armas nucleares del dictador norcoreano van a desaparecer por mucho que sean criticadas. Es más, de estas últimas se afirma que no desaparecerán ni con todos los embargos económicos que se le impongan. La fuerza de la realidad.

También se afirmaba algo parecido de la fuerza de realidad de ETA: ni Franco pudo con ella. Por eso estábamos obligados a dialogar y negociar para conseguir que dejara de matar, lo que implicaba pagar un precio político. Al final ETA ha tenido que dejar de matar sin haber conseguido precio político alguno, aunque siempre se dejan pelos en la gatera. Daladier y Chamberlain reconocían con la política del apaciguamiento ante Hitler en su reunión de Munich la fuerza real del nazismo en Alemania, pero no evitaron la invasión de Checoslovaquia ni la de Polonia y tuvieron que ir a la guerra.

Reconocer la fuerza de los hechos es necesario para definir con claridad cómo se debe luchar contra lo que parece contra derecho e irracional, pero sin perder de vista la meta de ir transformando los hechos en derecho, la realidad en racionalidad, la injusticia en justicia, las desigualdades inaceptables en desigualdades soportables, un mundo cruel en un mundo cada vez algo mejor. De otra forma la historia no sería el reino de la libertad según, creo, decía Marx.

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