K. O. a Rajoy

El decisivo apoyo del PNV a la moción de censura de Sánchez derriba a un presidente abrasado por la corrupción y afianza la incertidumbre en España

Mariano Rajoy en el Congreso./EFE
Mariano Rajoy en el Congreso. / EFE
Editorial -
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La decisión del PNV de apoyar la moción de censura socialista, secundando así la investidura de Pedro Sánchez, situó ayer al presidente Rajoy ante la encrucijada de dimitir, dando paso a un Gobierno en funciones que pudiera mantener el equilibrio parlamentario de la legislatura, o de continuar en su sitio hasta la votación en la que 180 diputados y diputadas le desalojen de La Moncloa. La ausencia de Rajoy del hemiciclo en la tarde de ayer atestiguó el sorprendente desconcierto en el que partido y Gobierno se sumieron al tener noticia de la posición del nacionalismo vasco, como si no hubiesen previsto tal supuesto. Al mismo tiempo, la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, compareció por la tarde advirtiendo de que el presidente no dimitiría porque ello no aseguraría la continuidad de su partido en el Gobierno del país. De esa manera, se desvanecía la posibilidad de que una eventual dimisión de Rajoy pudiese evitar un vuelco político de la envergadura del que se anuncia para –como señaló el líder de Ciudadanos, Albert Rivera– procurar un final ordenado de la legislatura que desembocara en elecciones generales en breve plazo. Los escaños que ha sumado Pedro Sánchez a favor de su moción de censura son más que los contrarios y el voto popular que representan unos y otros reúne un número similar de ciudadanos. Pero ni la regeneración democrática está garantizada mediante la alternancia conquistada a través del mecanismo constitucional de la moción de censura, ni los 180 parlamentarios favorables representan una alternativa más cohesionada que las mayorías que se han ido conformando en esta legislatura en torno a la aprobación de las Cuentas públicas o la aplicación contenida del 155. Paradójicamente, la apuesta de Pedro Sánchez por gobernar sobre la base de los 84 escaños socialistas, durante un tiempo que pretendería prolongar, para desarrollar una acción ambiciosa en su enunciado –normalidad institucional, diálogo en torno a Cataluña, agenda social y medioambiental–, solo cuenta de salida con un elemento solvente: los Presupuestos 2018 aprobados hace una semana con los votos de PP, Ciudadanos y PNV. Es de esperar que, a lo largo del pleno de hoy y antes de la votación, Pedro Sánchez clarifique los términos de sus intenciones de gobierno y la agenda que pretende impulsar en el tiempo. Es de esperar que acabe de perfilar cuál es su posición respecto a las exigencias de Pablo Iglesias y ante los requerimientos del independentismo catalán.

El Gobierno más minoritario

El vuelco político anunciado para hoy, sin que medien unas elecciones previas, es inédito en la historia de la democracia española; y resultaba poco menos que impensable, en tanto que resulta una alternativa excepcional en los sistemas parlamentarios. El desenlace final parece haber cogido de sorpresa al partido en el Gobierno; pero tampoco hay indicios de que la formación que lo sustituye esté preparada para afrontar la tarea en una situación de tan clara minoría. El desarrollo de la jornada parlamentaria de ayer dejó dos motivos de preocupación añadidos. Por una parte, la situación en la que se encuentra el Partido Popular tras un prolongado período de hiperliderazgo, encarnado por Mariano Rajoy, mientras arrecian los procesos judiciales por corrupción. Esta situación no parece que pueda hacer sencilla su eventual recuperación política, repitiendo como candidato en unas futuras elecciones. Por la otra, la constatación de que los líderes partidarios mantienen muy difíciles relaciones entre ellos, de desconfianza mutua e incluso de inquina personal. Ello cuando el descrédito general ante los ciudadanos solo podría superarse mediante un ejercicio más dialogante, respetuoso y constructivo de la administración de los intereses públicos.

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