Te quiero como amigo

Dos irlandeses heterosexuales se casan como solución a sus problemas

JON URIARTE

-Tenemos tanto en común... Pena que no nos podamos casar-. Es una frase que recordamos con frecuencia en eventos familiares y que pronunció cierto primo mío en su día. Sí, ese era uno de los impedimentos. Ser familia. El segundo, que ambos somos heterosexuales. Y el tercero, que tenemos pareja. Además parece que nos siguen aguantando. Pero no habría sido mala idea. Porque tenemos los mismos gustos, preocupaciones, valores y forma de entender el ocio. Nos faltaría lo del sexo, pero siendo de Bilbao tampoco notaríamos la diferencia. El caso es que lo he recordado al conocer la historia de Matt Murphy y Michael O´Sullivan. Jamás ha sonado tan bonito aquello de «te quiero, pero como amigo».

El vídeo que nos acompaña merece ser visto con calma. Ya sabemos que no es nuevo. Pero no todos estamos al día sobre lo que es viral o no. Así que lo voy a resumir, por si alguien prefiere la versión breve y dejar el visionado para después. Matt tiene 85 años y Michael 58. Uno viudo y el otro divorciado. Lo que nos lleva a un momento clave. El segundo perdió la casa tras separarse de su mujer. Y entonces Matt le acogió en la suya. Lo que resultó positivo para ambos. Además de compartir el día a día, Michael cuidó de su amigo cuando tuvo problemas oculares y no se podía valer por sí mismo. Lo malo es que nada es eterno. Y para que Michael pueda vivir bajo techo cuando él ya no esté, Matt le ha dejado en herencia su vivienda. El problema está en que no son familia directa, ni cónyuges. Añadamos que el impuesto de sucesión en Irlanda es del 33%. Como ven, lo de heredar, sea donde sea, puede resultar un caramelo envenenado. Así que estos dos amigos tomaron una decisión. Casarse.

Es triste que el sistema obligue al ciudadano honrado a buscar vericuetos para hacer algo tan noble como dejar tu casa a la persona que más quieres. Porque ahí está el surrealismo. Es lo mismo que sucede con las parejas que no quieren pasar por el juzgado para que su relación entre dentro de los parámetros de la ley. Muchas de ellas aceptan pulpo, firma y sello pensando en los derechos de sus hijos. Entre ellos, los asuntos de herencias. Porque puede ser un problema serio, llegado cierto momento. Cierto que la cosa ha cambiado. Conozco quien se niega a pasar por el aro y lo ha logrado. Pero sigue siendo complejo y genera una palpable inquietud. Así que acaban poniendo en negro sobre blanco lo que es una simple realidad para todos, menos para la administración. Lo que nos lleva de nuevo a la pareja irlandesa.

Más allá de la anécdota y el vídeo, está su amistad. Los buenos amigos o amigas, los de verdad, se cuentan con los dedos de una mano. O menos. Y no deja de resultar curioso que sea una figura tan apreciada como poco oficializada. Porque no necesita de documento alguno. Le basta, nunca mejor dicho, con un apretón de manos. Quizá una palmada en la espalda. Y a veces ni eso. Lo mejor es que tampoco se precisan abogados, en caso de ruptura. Algo muy de agradecer. Bastante duro es tener que decir, o escuchar, «mejor será que lo dejemos» para, además, meterse en papeleos que rara vez acaban bien. Total que así vivían su amistad Matt y Michael. Como dos amigos que comparten casa y vida. Hasta que han visto las orejas al lobo. Entiendo todos o casi todos los impuestos. Pero jamás comprenderé que tengas que pagar por regalar a alguien algo que es tuyo. Ellos tampoco. Además no tienen los 600.000 euros que debería abonar Michael a Hacienda para heredar la casa. Así que han hecho lo que muchos decimos en broma. Se acabó. El gobierno no me chulea. Si quieren taza, taza y media.

Me confieso fan total de estos dos señores. De hecho, en este caso hay algo más. Aparte de una evidente amistad, por aquello de la diferencia de edad, la cosa apunta a una especie de relación similar a la que se da entre padre e hijo. La soledad genera curiosos vínculos. Tampoco resultaría raro. Lo único seguro es que son amigos. Verles salir del brazo, rodeados de los testigos de su enlace no me digan que no provoca ternura. Será que me estoy haciendo viejo y chocho. Porque los imagino yendo juntos a tomar unas pintas al pub de siempre. O acudir a un partido de fútbol para disfrutar del posterior debate. Salvo si cae el diluvio universal y prefieren verlo en casa, mientras pican algo. Tampoco es mal plan. Así, en el descanso, pueden recordar a las mujeres que les quisieron y a las que no, las farras vividas y los secretos compartidos. Luego, cuando se aburren de hablar, (recuerden que me lo estoy imaginando y por tanto puedo suponer lo que me da la gana) comparten las mismas películas, programas y series. Hasta en eso coinciden. Y si no hay unanimidad, se conocen tanto que llegan pronto a acuerdos y treguas. Para, de esa forma tan simple, seguir compartiendo el rato que les queda por vivir. La lógica dice que Matt lleva más boletos que Michael para pillar el autobús hacia la parada definitiva. De ser así, lo hará satisfecho. Porque su amigo seguirá viviendo en su casa. No será una historia de Disney, con príncipes y princesas, pero es un gran cuento. Porque es real. Además no ha acabado. Ojalá sigan siendo felices.

Por cierto, he llamado a mi primo y hemos comentado entre risas la historia de los dos amigos irlandeses. Bueno, hasta que nuestras respectivas han decidido que era una gran idea. Tanto, que amenazan con imitarles. Al fin y al cabo, también son muy amigas. Y tienen muchísimas cosas en común. Añaden, además, que se dejarán en herencia la casa. Mejor dicho, las dos casas. La de la una y la de la otra. Qué rápido ha cambiado el cuento. Ya no es tan bonito. ¿Hay alguien por ahí que quiera acoger en su casa a dos primos que son muy amigos pero, sobre todo, muy primos tirando a idiotas? La culpa la tengo yo. Por bocazas.

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